Gonzalo Paz: “Abolir el MERCOSUR por la pobreza de los resultados económicos puede tener consecuencias peligrosas en muchas otras áreas”

Foto: La Voz.

Gonzalo S. Paz, pionero y experto en el estudio del vínculo entre América Latina y China, nos ayuda a comprender mejor la relación entre el gigante asiático y la región en tiempos de COVID-19. ¿Qué imagen quedará de China en nuestros países cuando la pandemia haya pasado? También repasamos los primeros meses de Biden en el poder y conversamos sobre el MERCOSUR, en momentos de tensión entre sus protagonistas. 


La pandemia produjo un parate económico tremendo, con la consecuente caída histórica del PBI mundial. Más allá de esto, ¿qué consecuencias económicas está generando la pandemia y aún no estamos viendo? ¿Podemos pensar en un nuevo orden económico internacional post pandemia?

En medio de una crisis como esta, se sabe cómo entran los países, pero no se sabe cómo salen. Hay que ver también cuánto tardamos en salir de esto. Los países tienen equilibrios económicos muy finos, y eso está profundamente alterado. Está clarísimo que muchas cosas se van a acelerar, lo virtual se acentúa. Estamos en una fase netamente experimental. El mundo ya venía en una situación económica negativa previo a la pandemia. Y a nivel político desde hace varios años el mundo ya venía dando señales de una insatisfacción con la clase gobernante. Es decir, la relación economía-política-sociedad ya venía bajo una fuerte tensión. En medio de esta situación, cae la pandemia que, por supuesto, agrava todo esto, generando un descomunal desorden. No hay muchas brújulas que sirvan en esta situación.

Estamos también en un momento en el cual la globalización, que venía acelerándose por décadas, se lleva por primera vez puesta una pared importante. Al punto, que algunos hablan del inicio de un proceso de “desglobalización”. La pandemia ha regenerado las fronteras entre estados, y la incapacidad de libre circulación de personas. Es un momento de enorme complejidad e incertidumbre.

Generalmente, siempre se habla de los primeros 100 días de gobierno para hacer alguna evaluación, aunque sea preliminar. Vamos poco más de 60 días de Biden como presidente de Estados Unidos. ¿Qué lectura hace de los primeros dos meses de gobierno del demócrata?

Para analizar este poco tiempo de Biden en el poder efectivo, es inescapable comparar con la Administración Trump. El presidente anterior tenía una enorme capacidad de comunicación y llegada a un amplio grupo de la población, que estaba insatisfecho con las elites económicas y políticas. Pero al mismo tiempo, era un presidente disruptor, ajeno a la gestión, nunca había ejercido un cargo público ejecutivo ni legislativo. Y esto se vio claramente con iniciativas inconexas, una administración con un grado de tensión interna muy elevado, alta rotación e inestabilidad de funcionarios, y en la falta de enfoque profesional de la política pública. Hubo un predominio de la política sobre la política pública. La pandemia evidenció todo esto, con una falta de manejo muy grave, y la erosión de las instituciones se coronó con un final de la Administración Trump que fue dramático, con el asalto al Capitolio.

Entonces, Biden asume en circunstancias muy difíciles, otra vez, porque recordemos que cuando asume en 2009 como vice de Obama, el país estaba atravesando la crisis de las subprime. Con Biden volvemos a discutir de política pública, volvemos a una lógica política previsible. Así lo demuestra su abordaje de la pandemia, asumiendo rápidamente la catástrofe e implementando una política de vacunación de dimensiones extraordinarias, al momento con buenos resultados, así como también la aprobación de un paquete de ayuda económica extraordinario de dos trillones de dólares.

La Administración Biden identificó a China como uno de los principales «desafíos militares, políticos, económicos y tecnológicos». ¿Cómo piensa que será el vínculo entre Estados Unidos y China bajo la administración Biden? ¿Ganará el conflicto o la necesidad de cooperación?

En el primer gobierno de Obama se planteó la necesidad estratégica de hacer un “pivot”, un giro: quitar a EEUU de Medio Oriente, y redireccionar el foco hacia Asia y el Pacífico. Tuvo poca visibilidad ese viraje, pero ya estaba. China ya había generado preocupación y existía la necesidad de responder con una estrategia específica. Cuando Trump asume el gobierno, quita a EEUU del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés) que justamente hacía que China se sintiera contenida. Ese episodio para China fue ganar una guerra sin tirar un tiro. Le quitó esa sensación de estar rodeada. Fue un enorme regalo para China. Sin embargo, en el primer año de la Administración Trump, se emite un documento, la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés) de diciembre 2017, en el que se define a China como un adversario estratégico. Y meses después, la UE emite otro documento en el que define a China como un “competidor sistémico”. Después, lo ya conocido, comenzó la guerra comercial con China. La política exterior de Trump en general, y hacia China en particular, fue incoherente, emocional, impulsiva.

No obstante, creo que en Estados Unidos se ha generado un consenso bipartidario muy fuerte sobre China. Lo que espero de la Administración Biden es que haya una aproximación mucho más integral y coordinada hacia China, y también una proyección internacional sobre China, en la que se reconstruyan viejas alianzas con respecto al gigante asiático. Un concepto reciente es “economic statecraft”, el uso de la economía para la consecución de fines políticos. Vamos a seguir hablando de economía, por supuesto, pero subordinada a la estrategia política. La economía sigue siendo central, pero hay una preocupación del poder en cómo evoluciona esa economía.

¿Cuánto tiene que ver el sistema político totalitario de China en el éxito abrumador de su política económica capitalista?

La discusión sobre si los sistemas democráticos o los autoritarios son más proclives a impulsar el desarrollo es una vieja discusión no saldada. Hay ejemplos de todo tipo. Pero China es un caso sui generis, yo no me atrevería a teorizar o generalizar en base a la experiencia china. Por su dimensión, hay que dejarlo fuera del análisis aplicable a otros países. Ha sido un sistema que ha evolucionado con mucha complejidad, han ido abriendo sectores al capitalismo y la inversión externa, han hecho una aproximación al mundo muy cautelosa. Y al mismo tiempo han mantenido el liderazgo del partido comunista chino (PC), el partido político más grande del mundo. En un momento, hubo un esfuerzo muy grande del PC por cooptar la clase económica que a su vez estaba creando con las reformas. Esas nuevas clases sociales fueron apropiadas por el PC. El sistema creó capitalistas que, aunque parezca insólito, inmediatamente fueron afiliados al PC.

En un momento, en Occidente había una expectativa de que el desarrollo económico creara nuevas expectativas en la sociedad y la demanda de nuevas libertades. Pero eso nunca sucedió. El partido sigue con la intención de controlar el proceso. Y hay que mencionar algo importante: China ya no crece a las tasas tan elevadas a las que crecía, y no hay una reacción de la sociedad a eso. La pandemia también sirvió para blanquear en China que la economía no puede seguir creciendo a esas tasas exorbitantes. Se va creando una nueva normalidad que va a aceptar que las tasas de crecimiento sean más moderadas. Sin ir más lejos, el Plan Quinquenal recientemente aprobado, por primera vez no menciona una tasa de crecimiento económico específica.

El liderazgo de Xi Jinping es muy fuerte, como no se conocía desde Mao Tse Tung. Los equilibrios internos se han desarmado, se ha eliminado el límite de la reelección. Hay también una política exterior china mucho más proactiva. La nueva Iniciativa de la Franja y Ruta de la Seda (BRI, por sus siglas en inglés) se ha transformado en la iniciativa central de la política exterior china. Es un proyecto personal de Xi Jinping y será su legado, y entonces domina y alinea toda la política exterior de China.

Usted es un estudioso del vínculo entre China y América Latina. China cada vez tiene mayor presencia en la región: comercio, obras de infraestructura impresionantes, tecnología. América Latina parece estar a merced del gobierno de Xi Jinping. China obtendrá sus beneficios, pero muchos cuestionan que pase lo mismo con América Latina. ¿Qué consecuencias piensa que traerá esta relación?

China es el primer o segundo socio comercial de muchos de los países de la región. Estas dos primeras décadas del siglo XXI son las más importantes de la relación entre China y la región en siglos. En 2008-9 se dispararon las inversiones chinas en América Latina, llegando a un pico en 2015-2016. Para tomar noción, las inversiones y préstamos chinos en 2015 superaron la ayuda económica que en conjunto aportaron el Banco Mundial, el FMI y el BID. Estábamos frente a un cambio estructural. Sin embargo, desde entonces, en los años de Trump especialmente, hemos registrado un nivel decreciente de inversiones chinas en América Latina, al punto que, en 2020, fue cero.

Ahora, en tiempos de COVID, con la diplomacia vinculada a la pandemia, el balance en términos de soft power no es claro. Mucha gente cree que China creó el virus, y/o que de allí salió manera intencional o accidental. Entonces, toda la ayuda que China ofreció a la región con insumos médicos, y ahora con vacunas, no sé hasta qué punto alcanza a cambiar la consideración, con o sin razón, de China como responsable de la pandemia.

Es inevitable considerar este tema en el marco de la competencia entre Estados Unidos y China, que ha recrudecido. Esto pone a los países de la región en una situación crecientemente incómoda. Ejemplo de esto fue lo sucedido con Panamá, República Dominicana y El Salvador, que en estos años dejaron de reconocer diplomáticamente a Taiwán y pasaron a reconocer a China, recibiendo un inmediato reproche desde Washington. Evidentemente, América Latina está en una situación incómoda. El recuerdo más cercano de esta situación fue la Guerra Fría, y sabemos que para la región fue terrible, con inestabilidad política, golpes de estado, guerras civiles, violaciones a los derechos humanos, y de pérdida de autonomía en el espacio internacional. Una nueva guerra fría, ahora entre Estados Unidos y China, genera oportunidades de extraer concesiones de ambos pero si se agrava pone a América Latina en una situación muy incómoda.

¿Cómo ve al MERCOSUR? Parece ser un espacio detenido, con actores con intereses muy divergentes. ¿Cómo ve la inserción del bloque en el mundo?

La política exterior tiene los límites que la situación interna le impone. Esto en cuanto a recursos duros, capital humano, capacidades militares, economía, entre otros. El MERCOSUR, claramente, desde hace muchos años económicamente está en un territorio de retorno decreciente . De todas maneras, yo siempre he sido un defensor del espacio en un sentido amplio, entendiendo al MERCOSUR no solo como los tratados que lo conformaron, sino como una serie de convergencias y acuerdos políticos previos que lo hicieron posible. El MERCOSUR ordenó y estabilizó una competencia estratégica sudamericana que se remonta al Tratado de Tordesillas. Yo siempre he creído que el espacio se apoya en un acuerdo estratégico, de seguridad, cuyo elemento más visible es el sector nuclear, con la creación de la Agencia Brasileño-Argentina de Contabilidad y Control de Materiales Nucleares (ABACC). Sobre esa base es que se construye la integración económica, que funcionó razonablemente bien durante los primeros años, pero que desde hace varios ya está en baja, con rendimientos decrecientes. Ahora, abolir el MERCOSUR por la pobreza de los resultados económicos de los últimos años, y nuestra falta de imaginación o voluntad política para hacerlo funcionar bien en lo económico, me parece que es una conversación que hay que darla con mucha calma, porque puede tener consecuencias peligrosas en muchas otras áreas.

Francia y Austria acaban de avisar que bloquearán el acuerdo entre la Unión Europea y el MERCOSUR, bajo el argumento de que los países del MERCOSUR deben comprometerse más con el cambio climático. Más allá de que la excusa parece poco cuestionable, sobre todo si pensamos en Brasil y el Amazonas, parece haber algo más. ¿Quiénes ganan y quienes pierden con este acuerdo? ¿Lo firmado es letra muerta?

Lo firmado lo rotularía como muy importante, pero provisorio y precario. Hay un tema de timing. En lo económico, llegamos tarde, y en lo político/estratégico, llegamos temprano. Tanto en el MERCOSUR como en Europa no hemos sido capaces de dotar a este acuerdo de un sustento mayor que el económico, que en un marco de conflicto entre Estados Unidos y China debería haber sido proponer una lógica de crear un tercer espacio, un área de autonomía. No hemos podido encontrar una nueva y fuerte lógica política que sustente y le de fuerza a un complejo acuerdo económico.

Si no es así, debemos reflexionar si ya no pasó la era de esos grandes acuerdos exclusivamente económicos y ya en la situación actual es totalmente imposible firmar esos acuerdos. Es crecientemente difícil hacia el interior de los países convencer a las sociedades sobre esos acuerdos.

Evidentemente, en el caso de Francia, que recibe buena parte de los fondos de la política agrícola europea, la postura de Bolsonaro sobre el Amazonas, creó la excusa perfecta. Yo creo que en este mundo, en el que recrudecen los conflictos entre Occidente y Rusia, y Occidente y China, deberíamos haber habido una lectura política más fuerte y más clara respecto de este acuerdo.

Para cerrar, a todos nuestros entrevistados les preguntamos por la situación de Venezuela. Con petróleo barato y con petróleo en alza, Maduro se mantiene firme. ¿De qué factores depende que Venezuela encuentre la salida a este abismo en el que se sumerge cada vez más?

Venezuela es una especie de agujero negro de la política latinoamericana, que absorbe toda la energía. Es una situación muy difícil. Pensemos que, en su momento, hasta el Papa fracasó como negociador. La situación de Venezuela tiene una lógica interna de mucha complejidad. La destrucción del país es una de las historias más penosas de América Latina. Es expulsión de gente, crisis migratoria, ¡insólitamente un petroestado fundido!. Es muy difícil hacer pronósticos. Se puede terminar en 10 minutos como mantenerse 30 años más.

Venezuela se ha transformado también en un tema de política internacional, y ha generado el retorno de Rusia a la región después de la Guerra Fría. El caso Venezuela sirve mucho para dividir a la región políticamente, y termina siendo un factor de alineamiento de política doméstica, que sustenta polarizaciones y grietas, lamentable, por cierto.

El régimen no tiene incentivos para negociar su salida, porque está en su naturaleza tratar de preservarse a sí mismo. Entonces, ¿sobre qué negociamos? Uno puede negociar para que llegue ayuda humanitaria, o la situación de los presos políticos, que son cosas muy importantes pero que no van al fondo. Pero reconstruir las bases de credibilidad, entre todos los actores locales y para la comunidad internacional, para que Venezuela tenga elecciones limpias, es francamente difícil.



GONZALO S. PAZ es experto en relaciones internacionales, política comparada y política económica, y un pionero en el estudio de las relaciones entre las potencias extraregionales y América Latina, en particular China. Actualmente es profesor e investigador en la Georgetown University, School of Foreign Service, Center for Latin American Studies. Es Abogado y Magister en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de Córdoba, y Master of Arts in Political Science y PhD in Political Science, ambas por George Washington University, Washington, DC.

Más Noticias
Cargar más