A 6454 kilómetros de la crisis que tiene en vilo a Occidente, otro país alcanza el punto de ebullición. Sri Lanka se encuentra sumida en una crisis política desatada por la escasez de bienes y combustible, una de las consecuencias globales del conflicto en Europa del Este. El impacto de la guerra agravó la crisis de deuda que ya afectaba al país insular hace meses.
Primero la pandemia y luego la guerra empujaron a Sri Lanka al abismo. En la isla faltan alimentos, combustible, gas, medicamentos y otros productos esenciales, así como también dinero en efectivo. En mayo, el país defaulteó su deuda por primera vez en la historia y la situación alcanzó su punto de no retorno. La población tomó las calles para participar de manifestaciones masivas que derivaron en el derrocamiento del primer ministro Mahinda Rajapaksa.
Sin embargo, la salida del mandatario y su gobierno no condujo a la solución de ninguna de las causas de la crisis. Continúan las colas para cargar nafta y los cortes de luz rotativos ya son moneda corriente. Además, escuelas y oficinas permanecen cerradas para minimizar la utilización del transporte público. La sociedad sigue enardecida y se han registrado reiterados enfrentamientos con las fuerzas de seguridad.
El político de larga trayectoria, Ranil Wickremesinghe, asumió en lugar de Rajapaksa y conformó un gobierno de transición para intentar estabilizar al país. En particular, apeló a la ayuda financiera de las potencias regionales -China e India-. También implementó medidas de emergencia. Por un lado, se otorgan días libres a los empleados estatales para que se dediquen al cultivo de alimentos en huertas armadas en sus propios hogares. Por otro, se ofrecen licencias sin goce de sueldo durante un período de 5 años para este mismo segmento con el objetivo de incentivar la emigración -y el inherente envío de remesas hacia Sri Lanka-.
A pesar de los esfuerzos de Colombo, el panorama no muestra señales de mejora. En el resto del mundo hay un gran número de países que atraviesan presiones similares. Las organizaciones internacionales han planteado sus reclamos a las principales potencias de Occidente por la falta de acciones concretas para paliar la crisis global.
