La oposición etíope acusa al primer ministro -y Premio Nobel de la Paz- de conducir un Gobierno crecientemente autoritario. La reprogramación de las elecciones y la violenta represión por parte del Estado han motivado el rechazo por parte de quienes se oponen al gobierno de Ahmed.
Abiy Ahmed llegó al poder en abril de 2018, desde entonces ha sido víctima de un atentado y de un intento de golpe de Estado. Asimismo, ha tenido que trabajar para salvar las diferencias étnicas que atraviesan al país y que dificultan el camino hacia las reformas planteadas en su agenda. En este sentido, la violencia intercomunitaria ha aumentado significativamente en los últimos meses y la región de Tigray no responde a las directivas de Adis Abeba.
En un país de 110 millones de habitantes, donde la etnia y la identidad comunitaria son centrales en la vida política, Ahmed ha buscado achicar las divisiones étnicas y promover la unidad nacional a través de la idea de ciudadanía y los derechos civiles.
Los conflictos en la capital etíope se han incrementado marcadamente desde junio de este año cuando Hachalu Hundessa, un referente del pueblo oromo, fue asesinado. Su muerte desató la violencia por parte de grupos que abogan por el nacionalismo oromo. El accionar de dichos grupos derivó en el fallecimiento de alrededor de 250 personas de etnias minoritarias. A su vez, el Gobierno acusó de terrorismo e incitación a la violencia a políticos opositores de la comunidad oromo como Jawar Mohamed.
El malestar en la oposición también es resultado del aplazamiento de las elecciones previstas para este año que Ahmed decidió posponer dado el contexto de pandemia de coronavirus. Además, la Comisión Etíope de Derechos Humanos ha alertado sobre el uso de la violencia, las detenciones de opositores y periodistas, y los cortes de Internet llevados adelante por el Gobierno y las fuerzas de seguridad. Para los rivales de Ahmed, todos estos factores indican un giro hacia el autoritarismo por parte de Adis Abeba.
Los conflictos y la violencia se suman a la pandemia y a la crisis de la agricultura local -producto de un brote de langostas del desierto- en lo que se vislumbra como un futuro cercano difícil para Etiopía.
