El coronavirus no deja de propagarse y mantiene en vilo a los gobiernos de todo el mundo. En los últimos días, alrededor de 150 casos de contagio en el norte de Italia. En Milán y alrededores se cerraron escuelas y se cancelaron las celebraciones del carnaval de Venecia.
Los medios de toda Europa amplifican la percepción de la amenaza inminente y los gobiernos podrían enfrentarse a un desafío similar al de la crisis migratoria de 2015. Ese flujo de personas hacia el continente alteró la política de la Unión Europea y expuso las debilidades del sistema comunitario.
Esta vez, no son personas que escapan de la guerra, sino un virus proveniente de China el que ha cruzado las fronteras y se presenta como una nueva emergencia a la que las coaliciones gobernantes -siempre en disputa- deberán dar respuesta. A medida que el contagio atraviesa fronteras, el principio de puertas abiertas que rige en gran parte de Europa se pone crecientemente en entredicho. Es así que en algunos estados ya rigen nuevos controles migratorios y de viaje.
En Estados Unidos, la presidencia de Donald Trump ya prohibió la entrada de extranjeros que hayan visitado China en el último tiempo. En otras partes del mundo se han tomado medidas similares aunque éstas no han impedido que el virus se propague hacia Corea del Sur e Irán, donde se han registrado múltiples casos.
Con la confirmación de un caso en Brasil, América Latina se sumó a la lista de regiones afectadas. Sin embargo, el ministro de salud del país, intentó llevar calma: «este es un período poco probable para un virus respiratorio por aquí», aseguró Luiz Henrique Mandetta.
