Junto a Federico Merke, especialista en la política internacional de América Latina, repasamos los principales temas de la agenda internacional, en momentos en los que la pandemia y la flamante presidencia de Joe Biden prometen influir de manera determinante en el desarrollo de los acontecimientos. ¿Cómo imaginar el futuro de América Latina ante estas dos situaciones y ante la necesidad imperiosa de abordar los crecientes índices de pobreza? ¿Es posible pensar en un mayor nivel de integración y cooperación? También conversamos sobre el futuro de demócratas y republicanos en Estados Unidos y sobre el rol de los organismos internacionales en el manejo de la pandemia.
En medio de todas las críticas que recibió la gestión de Trump en general, ¿creés que en política exterior se pueden rescatar algunas iniciativas, como por ejemplo haber auspiciado el acercamiento entre las dos Coreas y el haber continuado el «desenganche» de Estados Unidos de Medio Oriente?
Me cuesta rescatar algo de la política exterior de Trump. Creo que su mayor mérito fue no haber iniciado un conflicto armado. Desde el fin de la Guerra Fría, cada presidente americano tuvo su guerra. No fue el caso de Trump. En cuanto a Corea, Trump insinuó un acercamiento con Kim, pero fue insustancial, y estuvo marcado más por una lógica de Instagram (el presente como un momento de felicidad) que por una lógica estratégica (el presente como un paso hacia un horizonte). El acercamiento entre las Coreas lo intuyo más como mérito de Corea del Sur que del propio Trump. En cuanto al desenganche en Medio Oriente, más que desenganche veo una reconfiguración estratégica marcada por el acercamiento entre Israel y los sunitas, alentado, claro, por la Casa Blanca.
¿Cuáles crees que deberían ser las políticas que a aplicar por Biden para intentar recuperar la base electoral demócrata que se perdió sobre todo en los Estados que más sufrieron los procesos de desindustrialización?
No creo poder dar una respuesta sobre qué debería hacer Biden. Sí creo que Biden tiene incentivos muy fuertes para pensar la economía de Estados Unidos en clave nacional, industrial y de seguridad. El “compre americano” que acaba de establecer es un ejemplo de esto que digo.
El proteccionismo frene a China también, lo mismo que la necesidad de repatriar la producción o de pensar una política exterior para las clases medias. El desafío de Biden será buscar un equilibrio entre el demócrata cosmopolita y liberal y el demócrata progresista, más cercano a Sanders. Estados Unidos tiene un serio problema con la creciente desigualdad de ingresos y riqueza. Las clases medias ya no pueden acceder a un nivel de vida como al que accedían veinte o treinta años atrás. Teniendo en cuenta el empate legislativo en el Congreso y la polarización social y política, me cuesta pensar que Biden pueda proponer reformas de fondo, políticas y económicas, para dar vuelta esta tendencia.
¿Cómo te imaginas el futuro del partido republicano en el corto plazo? ¿Creés que el legado de Trump podrá ser defendido con fuerza dentro de la estructura partidaria? ¿El establishment republicano podrá recuperarse luego de estos cuatro años de Trump?
El principal debate dentro del partido republicano va a consistir en qué hacer con Trump y con el trumpismo. Hoy la base del partido es trumpista. Eso no quiere decir necesariamente que quiera a Trump como líder. Pero para cualquier republicano con ambiciones políticas va a ser muy difícil buscar deshacerse de Trump sin irritar a las bases del partido. No veo una narrativa alternativa dentro del partido o lo que sería su viejo establishment. Hoy su votante medio se corrió más a la derecha y es ahí a donde irán a buscar votos los que quieran suceder a Trump.
Teniendo en cuenta que durante este año los países centrales van a estar mirando para adentro para intentar paliar la crisis generada por la pandemia, ¿cómo te imaginas la política exterior de los países de América del Sur, sobre todo de Brasil y la Argentina?
Me las imagino como políticas exteriores de baja intensidad. En Brasil, Bolsonaro está aislado del mundo en términos políticos. No habla con China, ni con Estados Unidos, ni con Europa ni con la Argentina o la región.
No veo que le moleste mucho. Si percibe que esto es funcional a su lógica de polarización interna, lo seguirá haciendo. Su gran “otro” es el globalismo y todo lo que entre dentro de esa gran bolsa, conceptualmente confusa, será blanco de críticas. En la Argentina, la situación sanitaria, económica y financiera le quita recursos duros y de atención para mirar al mundo. A esto se suma un año electoral en donde la mirada política estará más puesta en las listas electorales.
Dicho esto, sin embargo, no veo en Alberto Fernández un espíritu de aislamiento como el que veo en Bolsonaro. En Brasil el problema es la desconexión. En la Argentina el problema es nuestro ancho de banda para conectarnos. El discurso de Fernández días atrás en Davos mostró un país con ánimos de participar en la conversación global de manera constructiva. Hay varios temas que estarán en la agenda por un tiempo considerable, entre ellos la negociación con el FMI; la discusión diplomática por el aprovisionamiento de vacunas; la situación en Venezuela; el acuerdo con la Unión Europea o una agenda más amplia con el gobierno de Biden, entre otros.
Hace 10 o 15 años América Latina era un bloque muy unido desde lo ideológico, que permitió avances concretos en materia económica. En momentos en los que parte del continente va por un camino, y parte por otro, ¿puede la necesidad de desarrollo, que era anterior a la pandemia pero que ésta ha intensificado, suplir esas diferencias ideológicas para fortalecer las alianzas y las instituciones regionales? ¿Cuáles creés que son los primeros pasos que debería dar nuestra región, fuertemente atravesada por la pobreza y el disenso interno en cada país, para tomar justamente un camino de desarrollo?
América Latina exhibe ciclos en donde predomina una orientación ideológica u otra y esos ciclos producen efectos en el comportamiento colectivo de la región. Pero incluso en esos ciclos, la consistencia ideológica nunca fue total. En pleno auge de la UNASUR, Uribe gobernaba en Colombia o Piñera en Chile, pero eso no implicaba necesariamente falta de concertación. Hoy la situación es otra. La cuestión ideológica claramente sigue estando. Basta mirar cómo influye en el relación entre la Argentina y Brasil. Pero hay dos elementos más a mirar: la falta de crecimiento económico y la polarización interna en las sociedades. Son dos factores que ayudan a explicar la falta de cooperación regional. Hoy casi todos los países atraviesan por conflictos domésticos o crisis políticas de proporciones. Y esto hace que las lógicas de la política doméstica dominen por sobre las lógicas de la política regional. El otro problema que veo es que la región necesita cooperar en temas que están huérfanos de organizaciones regionales para su tratamiento. Pienso en salud, ambiente, migraciones o seguridad. La clave, me parece, no pasa por crear organizaciones multipropósito. Para eso ya está la OEA o la CELAC. Hay que ir por nichos específicos, formar clubes o foros informales para discutir un tema en particular. Con mis colegas Andreas Feldmann y Oliver Stuenkel estamos trabajando para un informe sobre el estado de la gobernanza regional. Una de las cosas que aparecen en las entrevistas que hacemos es que hay más cooperación a nivel técnico de la que aparece en el radar. Que los presidentes no se hablen entre sí no significa que funcionarios, sean técnicos, jueces o directores de área, no hagan cosas juntos en la región. Yo adoptaría una mirada más funcionalista, pensando en cómo resolver juntos problemas específicos y dejar la unidad continental para otro día.
El MERCOSUR parece estar en stand-by, como aletargado y siempre pareció ser muy sensible a los cambios de gobierno en los países. ¿Cómo lo imaginas de aquí al 2030? ¿Por qué siempre da la sensación de ser un bloque débil frente a otros bloques políticos o económicos del mundo, lo cual fomenta que cada país negocie de manera separada con ese mundo?
El Mercosur no tiene vida propia. Es lo que hacemos de él, parafraseando a Alexander Wendt. Y lo que hacemos de él está marcado por modelos de desarrollo en la Argentina y en Brasil que privilegian la producción industrial protegida. Mientras la economía política de sus miembros no se altere, el Mercosur seguirá estando en un equilibrio muy bajo de integración.
¿Cómo se puede alterar? La primera es que el acuerdo con la Unión Europea finalmente se concrete. Esto parece poco probable en el contexto actual, pero de firmarse obligaría a los países del bloque a desarrollar una período de transición de diez años hacia economías más abiertas. La segunda es por un cambio doméstico en las coaliciones que reformule el modelo de desarrollo. Macri no pudo hacerlo, por eso el acuerdo con la Unión Europea fue un sustituto. Bolsonaro y Guedes lo anunciaron, pero descubrieron que no es tan fácil alterar incentivos desde arriba. Una tercera opción es Paraguay y Uruguay finalmente optando por salirse del bloque y buscando acuerdos con China, Estados Unidos o la Unión Europea por separado. Esta tercera opción, intuyo, será más probable ante el caso de que el acuerdo con la Unión Europa no prospere.
¿Cómo analizás el rol de los líderes latinoamericanos en la situación de Venezuela? ¿Creés que una estrategia común, como bloque, podría solucionar el conflicto?
La mayoría de los países de la región decidieron interrumpir el diálogo con Maduro y reconocer a Guaidó como presidente. Luego de varios años, el resultado es que Maduro hoy está más fuerte y Guaidó hoy está más débil. La UE acaba de anunciar que ya no reconocerá a Guaidó como presidente. Nunca estuve a favor de hacerlo. Creo que violentó el espíritu de la no intervención en la región creando un precedente negativo.
El Grupo de Lima debería reconocer que su estrategia no tuvo el resultado esperado. Y el Grupo de Puebla debería dejar de ser condescendiente con Maduro y demandar más apertura. Como sea, mientras existan estos grupos, Maduro seguirá viendo cómo discuten para no llegar a una posición conjunta. La OEA, por su parte, ha quedado muy desprestigiada por su accionar ante Venezuela. Almagro hizo de la OEA una ONG que tomó partido y que lo hizo de un modo muy sesgado. Por otro lado, el Estados Unidos de Biden no parece muy predispuesto al diálogo con Caracas. Sospecho que seguirá usando el capítulo “sanciones para dictadores” de su manual de política exterior. Y finalmente, entran China, Rusia e Irán, tres jugadores que apuestan por la continuidad del régimen de Maduro. Lo que hubo, entonces, fue el fracaso regional, la ineficiencia americana y la internacionalización del conflicto a través de la incursión china y rusa principalmente. Me cuesta pensar en cómo se sale de esto. Nuestro modelo, me temo, no puede ser el de “transiciones de gobiernos autoritarios” sino más bien el de “por qué los regímenes autoritarios persisten”, como el caso de Zimbabue.
La pandemia dejó al desnudo a muchos líderes, por su mala gestión, pero también puso la lupa sobre el sistema de Naciones Unidas, en particular sobre la OMS. ¿Cómo analizás el rol de las instituciones internacionales para enfrentar la pandemia? ¿Creés que puede haber una reconfiguración del sistema en el mediano plazo?
La disciplina de Relaciones Internacionales hace mucho que viene estudiando el rol de las organizaciones internacionales. Y lo que sucedió durante la pandemia es más o menos lo que la disciplina hubiera esperado. Una acción estatal, como prohibir exportar insumos médicos o vacunas, puede ser racional desde el punto de vista del presente y desde una perspectiva nacional, pero puede terminar siendo irracional desde el punto de vista del futuro y desde una perspectiva colectiva. Esto sucede cuando no hay un gobierno mundial o un líder hegemónico que ayude a resolver problemas de acción colectiva. La respuesta fue, entonces, que cada uno fue por lo suyo. Los países más grandes buscaron, y seguirán buscando, tener la torta y comerla toda. Hoy la UE está discutiendo restringir la exportación de vacunas hechas dentro del bloque, por ejemplo. Hay dos o tres alternativas que veo a esta situación. La primera es la del COVAX, una iniciativa para pensar y distribuir la vacuna como un bien público global. La idea es muy buena, pero falta mucha plata y liderazgo. Ojalá Biden decida jugar fuerte en este sentido. La segunda es una oferta china y rusa que venga a ocupar el lugar de proveedores baratos, hoy fundamentales para el sur global. Esto sería muy bueno para China y Rusia y dañaría la reputación internacional de Europa, histórica defensora de la cooperación internacional. Hay una tercera opción que está barajando el Reino Unido de hacer del G7 un espacio de cooperación. Como sea, quedó claro que la OMS puede administrar vacunas a pequeña escala, como lo hizo en pandemias anteriores más localizadas, pero no tiene los dientes como para organizar una respuesta global. Las pandemias anteriores no se politizaron como esta ni pusieron en juego la reputación internacional o los modelos ideológicos de las grandes potencias. La fragmentación, me temó, seguirá siendo la partitura.
FEDERICO MERKE es Profesor Asociado y director de la Maestría en Política y Economía Internacionales de la Universidad de San Andrés. Es investigador del CONICET y estudia la política internacional de América Latina.
