Conversamos con Inés Capdevila, periodista especializada en temas internacionales, para tratar de responder las preguntas que marcarán la agenda internacional de los próximos meses. ¿Qué mundo esperar cuando la pandemia haya pasado? ¿Cómo hará Biden para esfumar las diferencias que atraviesan a la sociedad estadounidense? ¿Trump ya es historia en la vida política de Estados Unidos? También analizamos cómo está parada América latina para responder a sus desafíos propios y a los que plantea la pandemia. Para el cierre, una idea para pensar la situación de Venezuela.
A un año del desencadenamiento de la pandemia, ¿cómo ves que los países centrales han manejado la situación y cómo imaginás el escenario cuando se empiece a salir de esto? ¿Cómo ves ese nuevo mundo?
Al mundo hoy lo veo, a diferencia de hace un año, mucho más fragmentado y ensimismado. No creo que sea un proceso introducido estrictamente por la pandemia, ya se venía viendo en algunas relaciones entre bloques, concretamente entre Estados Unidos y China. Por otro lado, veo a un mundo que derribó muchos mitos, y eso creo que es lo que va a hacer que el mundo sea diferente cuando la pandemia haya pasado. La eficacia de Estados Unidos para lidiar con crisis, o la capacidad de China para llevarse el mundo puesto con su poder y capacidad de innovación, o Europa y su estado de bienestar y la capacidad para prever fenómenos. Hoy es difícil establecer cómo va a ser ese mundo. Pero esos mitos derribados sí nos permiten pensar en un mundo mucho más real.
¿Cómo evaluás las gestiones ante la pandemia? Está la sensación de que los gobiernos más de derecha fallaron en la gestión, y que los gobiernos de centro mostraron mejor actitud ante la pandemia. ¿Hay vinculación entre el posicionamiento ideológico y la gestión de la pandemia?
Aprendí de los epidemiólogos que a una pandemia hay que evaluarla siempre cuando termina, porque todo es muy cambiante. Por eso, no se puede evaluar hoy quién gano y quién perdió en términos políticos. Pero sí ya tenemos claro quién ganó y quién perdió en términos electorales. Trump es una muestra de que la pandemia se puede llevar puesto a un gobierno. Trump es la muestra de que la pandemia actúa sobre diferentes planos de la sociedad, y si vos tenés un presidente que niega el efecto de la pandemia sobre los muy diferentes planos de un país, entonces sí, te lleva puesto. Trump no quiso ver que la pandemia afectó la economía. Pero vos ves procesos electorales, donde la pandemia también pudo haber afectado la economía, pero el líder no niega la pandemia ni sus efectos, y entonces ahí el líder sale bien parado. Tal es el caso de Nueva Zelanda. Creo que ya no tenemos sociedades a las que decirles qué está pasando, porque día a día vemos cómo la pandemia nos modificó todo. Entonces, creo que el punto es cómo ese líder se para frente a la pandemia, más que el sesgo ideológico.
¿Cuál pensás que es el principal legado de Trump? ¿Creés que logró consolidarse como el representante de esa gran cantidad de estadounidenses que se sentían postergados por las gestiones demócratas anteriores?
No tengo claro cómo será el derrotero político de Trump, todo depende también del impeachment. Pero hay un factor que nosotros ignoramos, que es la relación de los estadounidenses con los expresidentes. Hasta ahora todos han sido motivo de elogios y adulación, pero sin incidencia en la vida política. Veremos si Trump también es capaz de revertir eso. Creo que Trump encarna un fenómeno que ya tuvo muchas manifestaciones, no es que él le da forma a ese fenómeno. Porque ese 15 o 20 por ciento de la población que está muy tirado a la derecha, con rasgos xenófobos, nacionalistas, ultrarreligiosos,
ha tenido expresiones políticas a lo largo de 150 años. Lo que tuvo Trump, que para mí si en cierto sentido es su legado, es que supo entender bien, viabilizarlo y comunicarlo. Pero también creo que su legado es despertar las fuerzas democráticas que estaban un poco adormiladas en Estados Unidos. Es decir, Trump tuvo la capacidad de encarnar la manifestación de la derecha más dura, pero también eso generó el despertar de la fuerza que detiene esa manifestación que él encarnó. Creo que los próximos cuatro años, y cómo se manifiesten estas dos fuerzas, esta tensión, van a ser determinantes para ver cuál va a ser la cara institucional de Estados Unidos en las próximas décadas.
¿Ves un peligro de que la radicalización de los republicanos haya generado una contra radicalización de la izquierda? ¿Pensás que eso es peligroso dentro del sistema democrático estadounidense?
Creo que sí, pero tengo dos asteriscos. Primero, la radicalización de la izquierda por ahora no es armada, y eso es un gran detalle. La ultra derecha estadounidense, con todo lo que engloba, está armada. Eso le da un matiz diferente. Y el otro punto es que Estados Unidos ya contuvo en su historia reciente esa tensión que incluyó violencia, en los sesenta y setenta. Recordemos que en esa etapa perdieron un presidente, su mayor líder por los derechos raciales, un candidato a presidente, todos de forma muy violenta. Y la izquierda también tuvo su expresión violenta en los setenta, con organizaciones terroristas. Entonces, creo que Estados Unidos ya lo vivió, no es un fenómeno nuevo. Hay una cosa que siempre me llama la atención de Estados Unidos. Es un país que está permanentemente agobiado por problemas o tramas que parecen terminales, y tiene la capacidad de superarlos. Entonces, como ya lo contuvo a ese problema, probablemente también ahora logre contenerlo.
Hay sí un fenómeno que dentro de esta resiliencia me llama la atención. Es un país que resuelve los problemas en la superficie, pero no en el fondo. Por ejemplo, la crisis de las subprime en 2008 evidenció la desigualdad de la sociedad estadounidense. Y Estados Unidos, en apenas 10 años, cuando todos creían que era el fin de la superpotencia, que su economía se derretía, conoció uno de sus mayores momentos económicos, tuvo la resiliencia para salir de esa crisis. Pero los malestares que provocaron esa crisis no se solucionaron, y de hecho se profundizaron. Creo que esa es una de las grandes manchas del legado de Obama. Entonces, si esta crisis institucional persiste, y se arregla en su superficie, en acuerdos del Congreso, pero los malestares que provocan las radicalizaciones no se solucionan, entonces sí vas a tener un país que lentamente se irá erosionando porque no logra resolver sus problemas de fondo, que son la desigualdad, el racismo, la desigualdad cultural. Ese creo que es el peligro, pero a largo plazo, no en lo inmediato.
¿Pensás que Biden va a poder atender esas tensiones?
No sé si va a poder, pero no le queda otra. Porque es la forma más segura de traerle calma al país. Y para hacerlo va a necesitar incluir a sectores republicanos. No es fácil, pero tiene la intención, que se muestra en su gabinete de técnicos bastante moderados. Biden debe escuchar los pedidos de la extrema derecha y de la extrema izquierda.
Trump escuchó los de la extrema derecha, pero no los solucionó, los profundizó porque fue el arma que le dio potencia. A Biden no lo queda otra si quiere hacer que el partido demócrata sea todo lo que no es el partido republicano, un partido inclusivo y que soluciona los problemas de la gente. La economía no es el único problema de la gente, ahora también está la pandemia, y siempre sus malestares sociales. Biden tiene algo a favor, que es que no está pensando en una reelección. Puede gobernar con el largo plazo en la cabeza tomando decisiones difíciles que un presidente que está pensando en su reelección nos las tomaría.
Vamos a América Latina. Hoy, mucho menos cohesionada desde lo ideológico que hace 10 o 15 años, ¿cómo la ves parada frente a los desafíos que tiene que enfrentar, con la pandemia y niveles de pobreza y desigualdad crecientes?
Creo que es una de las regiones que peor parada está para enfrentar la pandemia y sus consecuencias, que se suma a los problemas que la región ya traía de antes y los magnifica. ¿Por qué está mal parada? Primero porque no tenemos los recursos que tienen otras regiones. Y después porque no tenemos la capacidad de atraer la conciencia moral como otras regiones, como pueden ser algunas zonas desatendidas de Asia y África. Si bien tenemos un ciclo de commodities que puede ser favorable, creo que ahí tenemos el gran problema de la región, que es que sigue pensando con viejas ideas. Esto independientemente de cómo se lleven entre ellos los líderes. Y no tiene que ver con lo ideológico. En América latina tenemos dirigencias ancladas en el pasado. Y no me refiero al pasado ideológico, sino al de gestión. Seguimos creyendo que si tenemos un boom de commodities entonces vamos a poder salir. Ya está claro que no pasa por ahí. Perú es el mayor ejemplo que no pasa por ahí, porque creció a un porcentaje mayor al 4% durante una década pero olvidó su sistema de salud, y hoy lo paga con la pandemia. Nuestros líderes siguen pensando con viejas fórmulas. El mundo es muy complejo, y hoy la condición es innovar en la gestión.
Hay algo que sí me parece destacable de América latina que es que ha tenido procesos democráticos sólidos a pesar de la pandemia. Eso sí me da esperanza, hay como una madurez alcanzada. Pero por el resto, la veo muy complicada para la próxima década.
¿Cómo pensás que debería ser una política exterior argentina donde no hay mucho margen para jugar con todos? ¿Pensás que debería alinearse con alguna potencia o tratar de flotar y de ir conformando a todos?
Conformar a todos es muy difícil. Creo que debemos decidirnos a tener una política exterior, para luego ver cuál. Veo cierta ausencia de visión y de conocimiento del mundo. El mundo es complejo. Necesitás líderes que piensen de forma diferente. La realidad ha sido completamente disruptiva, entonces vos necesitás ideas disruptivas. Creer que podemos zigzaguear en función del humor de un funcionario es no entender el mundo. Nuestra necesidad del mundo es cada vez mayor. No tenemos inversiones, no tenemos financiamiento internacional, ¿vamos a seguir tratando con la demanda para motorizar la economía? Está claro que no hemos podido, no funciona. La salida está en el mundo.
Hoy tenemos un mundo que no te exige la alianza ideológica que te exigía en la Guerra Fría. Esa alianza ideológica excedía la economía, era cultura, política. Hoy tenés una política exterior que te va a demandar ciertas lealtades económicas, porque hoy Estados Unidos y China en eso son muy parecidos. Pero podés navegar. Podés tener cercanía con Estados Unidos y con China, Argentina lo necesita. No podemos prescindir de Estados Unidos, como cree parte del gobierno actual, y tampoco podemos prescindir de China, como cree un sector de la política argentina que está absolutamente quedado en el tiempo también. Podés navegar, es difícil, pero podés. Necesitás un conocimiento muy minucioso del mundo, y eso lleva tiempo alcanzarlo.
No podemos cerrar sin hablar de Venezuela. ¿Qué lectura hacés del rol jugado por los líderes de la región, actuales y pasados? ¿Y qué capacidad ves que tiene la región para solucionar eso que está sucediendo en Venezuela hace mucho y que parece no tener solución?
A mí con Venezuela se me acabaron todas las respuestas. Creo que hay que analizar cómo se llegó a esta situación. Mirando hacia el futuro, creo que lo que urge solucionar es la crisis humanitaria. Es una crisis que creo que todos hemos ayudado a alimentar. Gestiones diplomáticas que aportaron nada, desavenencias políticas, mediaciones que solo sirvieron para que Maduro ganara más poder, la torpeza de la oposición y de quienes apoyaron a la oposición, solo lograron que los venezolanos que quedan en Venezuela, que son 5 millones menos que hace 15 años,
la estén pasando muy mal, con niveles de pobreza y hambre que nosotros no conocemos. Eso afecta a toda la región, no solo en términos políticos, exacerbando grietas e impidiendo consensos, sino también económicos, porque influye en los números económicos, y demográficos, porque la fábrica social de la región se modifica con la emigración venezolana. Para mí toda oleada migratoria es buena, pero hay muchos sectores y países que no lo ven así y establecen cada vez más barreras, y eso no es bueno para el continente.
Tenemos una buena noticia, que es que Biden y su Departamento de Estado saben que se ha probado prácticamente todo en Venezuela, y que hay que buscar nuevas formas. Es bueno también que se descarte la opción militar, porque te traba cualquier tipo de negociación. La opción militar te altera el panorama político de la región. Sacar eso ya me parece un gran paso. Involucrar a actores por el lado de la crisis humanitaria me parece algo nuevo, hay que ver si funciona. Pero sería bueno que todos los países de la región, al ver que un actor muy relevante, como lo es Estados Unidos, abre la puerta a un nuevo enfoque de la situación, también busquen como bloque una nueva postura. Yo no estoy tan segura de que la región pueda ignorar las grietas políticas que sí ayudaron a que Venezuela esté donde esté. Hace muchos años que se dejó de pensar en lo mal que viven los venezolanos, y estamos todos discutiendo sobre Maduro, Guaidó, la izquierda y la derecha, y no hemos solucionado nada. Hay que cambiar el orden de prioridades, primero pensar en una solución humanitaria, para luego encarar una salida política. Al menos debemos intentarlo. Hay que fortalecer a la oposición, pero pensar que Maduro se va a ir es irreal. Es un dictador y uno de los personajes más nefastos de la historia reciente de América latina, pero hay que trabajar con esa variable sobre la mesa.
INÈS CAPDEVILA es periodista especializada en temas internacionales y Secretaria de Redacción de La Nación.
