Por Damián Szvalb
La estrategia puesta en marcha por Emmanuel Macron la noche del 30 de junio para frenar y aislar a Marine Le Pen y a su partido Reagrupamiento Nacional (RN) terminó, dos meses después, en el mismo lugar: la extrema derecha tiene hoy la llave de la gobernabilidad y del futuro político de Emmanuel Macron.
Aquel día, cuando se conoció el contundente triunfo del RN en la primera vuelta de las legislativas, Macron, que ya venía golpeado por su papel en las elecciones europeas, intentó su última jugada para evitar transformarse en un cadáver político con todavía dos años más de gobierno. Para eso activó una estrategia para frenar al partido de Le Pen en la segunda vuelta a realizarse una semana después. Lo hizo junto al Nuevo Frente Popular (NFP), el experimento electoral que reunió a la izquierda moderada con los sectores más extremos liderados por Jean Luc Mélenchon. Ese cordón sanitario para aislar a RN funcionó: quedó tercero.
Pero Macron no se conformó con dejar afuera a Le Pen de las negociaciones para nombrar un primer ministro e intentó deshacerse también de Mélenchon, su otro gran enemigo político. Para eso necesitaba aislarlo convenciendo a los moderados de izquierda para que rompan el NFP y consensuen con él a un nuevo primer ministro. No lo logró.
Entonces todo volvió al comienzo. Después de más de 50 días de negociaciones, Macron tenía que buscar una salida y esta semana nombró a Michel Barnier (73 años) como primer ministro. Su mayor virtud, que es la de ser un gran negociador (lo fue del Brexit representando a la Unión Europea), parece acorde con lo que se necesita en una Asamblea Nacional partida en tres partes casi iguales que genera, desde hace dos meses, una parálisis política: la izquierda del NFP, la centroderecha de Macron y sus aliados, y la extrema derecha.
Pero sin duda lo que más importa es el perfil ideológico de Barnier, apoyado, con condiciones, por el RN. Este ex ministro de Chirac y Sarkozy será digerible para ellos y alejaría la posibilidad que el RN apoye un eventual pedido de censura en el parlamento, mientras sostenga la agenda de la extrema derecha. Barnier ya lo sabe y seguramente por eso el día que asumió habló de seguridad ciudadana y de inmigración, siempre temas prioritarios en la agenda de cualquier extrema derecha.
Barnier no buscará derogar la reforma jubilatoria ni cambiar la ley de asilo e inmigración. Dos líneas rojas que Macron no quiere que nadie traspase. Parece lo máximo a lo que puede aspirar Macron hoy. Suena a muy poco para un hombre que llegó al poder en Francia en 2017 prometiendo cambiar la política.
Para asumir y para armar su gabinete, pero sobre todo para poder gobernar, Barnier necesitará del RN. Le Pen tuvo paciencia y ahora debe estar viviendo este momento como una especie de venganza política luego de dos meses en los que se intentó de todo para dejarla afuera del juego.
Ella sabe bien que Macron ahora depende de los 126 diputados del RN. Ellos le marcarán el ritmo y condicionarán el rumbo de su gestión en los últimos dos años de gobierno. Y en el peor de los casos, si Barnier fracasa, no tendrán problema de sumarse a todos los que no lo quieren ver más a Macron. Allí coincidirán con un despechado Mélenchon que ya está pidiendo su destitución.
Si quieres suscribirte para recibir el newsletter sin costo en tu e-mail, haz clic en el siguiente botón:
