Por Damián Szvalb / @DamianSz
Putin lo está haciendo otra vez. Su declaración de guerra a Ucrania, que traerá muerte y destrucción, vuelve a exponer la extrema debilidad e impotencia de Occidente, que nuevamente no fue capaz de disuadir a un líder autoritario que tiene como mayor fortaleza su determinación. Ahora, en medio del fuego, Estados Unidos y Europa quedaron en el peor de los escenarios, en el que deben optar solo entre malas decisiones. La peor de ellas sería la de hacer lo mismo que hicieron en 2014 con Crimea: dejar a Putin hacer lo que quiera.
Se trata de otro golpe de Putin al agonizante orden liberal internacional basado en reglas que, parece, no existen más. Recordemos que el líder ruso, además de ser capaz de quedarse con Crimea e invadir Ucrania dándole armas a los rebeldes ucranianos (recordemos que lo usaron para derribar un avión comercial en el que murieron decenas de personas), también mandó a envenenar a opositores políticos. Todo con total impunidad.
El miedo a actuar de Occidente y, sobre todo, el cansancio de sus sociedades a involucrarse en conflictos lejanos, ha llevado a que Estados Unidos (tanto demócratas como republicanos) y Europa se hayan desenganchado de Medio Oriente fracasando en Irak, dejándole a Irán los destinos de Siria, entregando a los talibanes el control de Afganistán, y permitiendo a Putin y a China hacer lo que ellos quieran. De intentar imponer la democracia en aquellos países pasaron a ser espectadores de cómo los regímenes autoritarios ocupaban los espacios vacíos y aumentaban su influencia a nivel global.
Estados Unidos fracasó en su intento de disuadir a Putin para que no hiciera lo que hizo: invadir Ucrania. Ahora deberá limitarse a endurecer sanciones y a ayudar económica y militarmente a sus aliados europeos, si estos deciden movilizar tropas y enfrentar en serio a Rusia. Biden fue claro: Estados Unidos no lo hará, no irá a pelear por Ucrania, más que por ninguna otra cosa, porque Biden no tiene el apoyo popular para hacerlo.
A Europa, en cambio, no le queda otro camino que el de involucrarse de lleno para frenar a Putin, aunque esto implique entrar en guerra. Ni Alemania ni Francia ni Gran Bretaña pueden dejar esto así. Se trataría de un un antecedente que marcaría la derrota definitiva de las democracias ante el avance de los regímenes autoritarios. Hoy es Rusia y mañana será China, que no tiene ningún problema en reprimir en Hong Kong y amenazar con invadir Taiwán.
Putin es implacable a la hora de ir por sus objetivos. No existe para él el derecho internacional, ni Naciones Unidas (a la que, quizá irónicamente, utilizó para justificar su incursión en Ucrania), ni las reglas democráticas. Mucho menos los impedimentos éticos o morales. Por eso el desafío que se le presenta a estas horas a Occidente es histórico. De cómo reaccionen y del éxito que tengan para frenar a Putin y defender a Ucrania dependerá buena parte del futuro de las democracias en todo el mundo.
