Por Damián Szvalb
En las próximas semanas, Lula en Brasil, Netanyahu en Israel y Trump en Estados Unidos enfrentan pruebas electorales que van a definir no solo su futuro político personal, sino el rumbo de sus países y, por el peso específico de cada uno en el tablero global, el de los principales conflictos internacionales en curso.
Lula va por la cuarta
Lula da Silva lanzó oficialmente su séptima campaña presidencial en busca de un histórico cuarto mandato no consecutivo. Lo hizo el 16 de agosto en el estadio Primero de Mayo de São Bernardo do Campo, el mismo escenario sindical donde nació como dirigente político hace casi cinco décadas. Del otro lado, Flávio Bolsonaro abrió su campaña el mismo día en Copacabana, bastión histórico del bolsonarismo, con Jair —bajo arresto domiciliario— ausente del acto.
Durante estos cuatro años de gobierno, Lula consolidó su alianza con el «centrão», ese conglomerado de parlamentarios ultrapragmáticos de distintos partidos a los que solo les importan los cargos y los recursos. Sostuvo esa alianza, no sin dificultad, para gestionar los embates combinados del bolsonarismo y de Trump, sobre todo cuando el presidente estadounidense lo desafió con una guerra arancelaria como castigo por la condena judicial a Bolsonaro. Lula convirtió esa injerencia en un activo político: la usó para reforzarse justo cuando su imagen caía en las encuestas.
Con gobernabilidad asegurada, puede mostrar hoy logros económicos y sociales —reducción de la pobreza y de la pobreza extrema— que lo mantienen, a menos de dos meses de la elección del 4 de octubre, al frente de las encuestas. Pero la desaceleración económica del último año y el aumento de la deuda le están complicando el tramo final de la campaña: la última medición Genial/Quaest ya muestra un empate técnico en un eventual balotaje.
El apellido Bolsonaro volverá a estar en la boleta presidencial, pese a que otros referentes de la derecha dura —como Tarcísio de Freitas, gobernador de San Pablo, o Romeu Zema, de Minas Gerais— intentaron ocupar ese lugar. Pero no hay nadie mejor que un Bolsonaro para representar esta corriente que llegó para quedarse y que se mantiene de pie pese a que su fundador cumple la condena en su casa de Brasilia. Mientras Eduardo —condenado a más de cuatro años por presionar ilegalmente al gobierno de Trump en la causa de su padre— sigue radicado en Estados Unidos sin poder ser candidato, Flávio asumió el rol de heredero político. El bolsonarismo apela a la receta de siempre: extremar la polarización marcando el «peligro» que representan Lula y la izquierda, aprovechar la ola de gobiernos de derecha que recorre la región e instalar la agenda de seguridad ciudadana, acusando a Lula no solo de ineficacia frente al crimen organizado sino de complicidad.
Netanyahu pone en juego su poder
Bibi Netanyahu tiene chances reales de seguir siendo primer ministro. Lo viene siendo desde 2009, con la única excepción de un año en que tuvo que cederle el poder a una coalición que terminó colapsando. Su responsabilidad política por las fallas de seguridad del 7 de octubre de 2023 —las más graves en la historia del país—, no haber cumplido los objetivos que se propuso de terminar con Hamas, cambiar el régimen iraní y eliminar la amenaza nuclear, sumado a sus causas de corrupción, son los principales argumentos electorales de sus rivales.
Entre ellos, el mejor posicionado es Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor israelí que integró brevemente el gabinete de guerra de Netanyahu y hoy lidera el partido Yashar, cabeza a cabeza con el Likud en las encuestas. Uno de los dos va a encabezar la coalición que gobierne Israel en los próximos cuatro años, con decisiones que van a marcar el rumbo del país.
La oferta electoral en Israel está atravesada por la guerra y la seguridad: es la agenda que domina la discusión pública, y la usan tanto Bibi como la oposición. Qué hacer con Gaza, donde Israel mantiene el control del 70% del territorio y Hamas sigue en pie. Cómo terminar con la amenaza de Hezbollah mientras siguen las conversaciones con el Líbano. Cómo frenar el descontrol de los grupos de colonos extremistas que atacan a palestinos en Cisjordania. Y cómo gestionar la relación con Trump y reconfigurar los vínculos regionales y globales de Israel, dañados tras las guerras en Gaza e Irán.
Lo que se define el 27 de octubre es cómo gestionar esos asuntos: si sigue el gobierno más extremo, que presenta el poder militar como única herramienta de seguridad, o si emerge una coalición de centroderecha que busque recomponer la posición diplomática de Israel en la región y a nivel global, aunque sin ningún cambio de fondo respecto de los palestinos.
El impacto del 7 de octubre en la sociedad israelí se refleja en la propia oferta electoral: desaparecieron las opciones de negociación con los palestinos y, por primera vez en 60 años, nadie se anima siquiera a mencionar la fórmula de dos pueblos para dos estados.
Trump, ante la definición sobre cómo serán sus últimos dos años
El primer martes de noviembre, Donald Trump enfrenta un desafío político clave que va a marcar sus dos últimos años como presidente. Esta semana quedó claro que necesita ganar tiempo para llegar de la mejor manera posible a esa fecha. Por eso descartó la opción militar en Irán —rechazada por la opinión pública— y también la diplomática —que dejaba a Irán en posición ganadora— para resolver el conflicto. En cambio, lanzó una guerra económica de asfixia progresiva contra Teherán. Parece dispuesto a soportar un barril de petróleo a 90 dólares mientras intenta doblegar a los iraníes a fuerza de bloqueo, sanciones y castigo a quien intente romperlas. Con el resultado electoral puesto Trump podría después tomar decisiones más drásticas, ya sin la presión de las urnas.
Los republicanos buscan, por lo menos, retener la mayoría en el Senado. Las encuestas los ubican mal, pero confían en que los ayude el rechazo que genera entre el electorado independiente —e incluso entre algunos demócratas— el ala más progresista del Partido Demócrata, que se impuso en varias internas. También cuentan con la manipulación de las circunscripciones electorales que impulsaron gobernadores republicanos, y algunos demócratas también, en distintos estados. Si el oficialismo pierde ambas cámaras, podrían venirse dos años difíciles para Trump: o lo convierten en un «pato rengo» totalmente debilitado y más cauto, o —como ya viene mostrando en política exterior y doméstica— lo llevan a radicalizarse aún más, sabiendo que ya no tiene nada que perder.
Tres urnas, tres liderazgos que definieron buena parte de la agenda global de los últimos años, y un mismo patrón de fondo: guerras inconclusas, sociedades polarizadas y líderes que llegan a votar sabiendo que el resultado va a reordenar no solo su poder interno, sino el mapa de conflictos que hoy tensiona al mundo.
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