Por Damián Szvalb
En su segundo mandato Donald Trump no tendrá excusa para concretar lo que viene prometiendo hace casi diez años: hacer grande a Estados Unidos otra vez. A diferencia de su primera gestión, esta vez tendrá todo a su favor: además de la legitimidad de origen que le da haber ganado tanto en el Colegio electoral y en el voto popular, los republicanos controlarán el Senado, seguramente la Cámara de Representantes y gobernarán la mayoría de los Estados. También la Corte Suprema tiene una mayoría conservadora que incluye a tres jueces elegidos por él en su primer mandato.
Trump tiene ahora todas las herramientas para terminar con lo que para él son las causas de todos los males: el establishment político, cultural, económico, periodístico y judicial. A todos atacó y maltrató durante la campaña. Y tuvo éxito: se ve que Trump interpretó como nadie las frustraciones que sienten millones de estadounidenses que quedaron al margen del desarrollo económico y que hoy ven a esas elites que no solo no supieron resolverles sus problemas, sino que también despreciaron sus demandas mientras se ocupaban de una agenda liberal que, a grandes sectores de la sociedad estadounidense, les es extraña e inoportuna.
Mientras los demócratas les hablaban del cambio climático, los derechos de las minorías y el feminismo, Trump encontró el tono y el mensaje adecuado para este momento de Estados Unidos. Y profundizó en dos temas claves que terminaron siendo decisivos a la hora de explicar el voto: economía e inmigración. Para lo primero le alcanzó con una comparación sencilla: la gente estaba mejor hace cuatro años, cuando gobernaba él, que ahora. Para lo segundo, hizo lo que mejor hace: exacerbar los miedos de millones de personas para que se sientan amenazadas por los inmigrantes, a los que Trump no dudó en llamarlos “criminales”.
«America primero» es, sobre todo, la promesa de priorizar una gestión centrada en satisfacer las demandas materiales de los ciudadanos, que sienten la crisis en sus bolsillos más allá que los números de la macro digan otra cosa.
El trumpismo
Su triunfo marca también que el trumpismo, como idea política y cultural, sobrevivió a su derrota de 2020 y que se ha consolidado definitivamente en Estados Unidos. El Partido Republicano, cuya base electoral lo votó abrumadoramente, ya es de él. El martes repitió la elección de 2020: obtuvo casi los mismos votos.
Quedó claro que a sus votantes no les importó que mientras estuvo en el llano estos cuatro años, haya sido condenado penalmente por 34 delitos graves, ni que tenga abiertas causas en la justicia por, entre otras cosas, inspirar e incentivar a una turba de manifestantes para que, el 6 de enero de 2021, saqueara el Capitolio para impedir, con violencia, que se certificara el triunfo de su rival Joe Biden.
La crisis demócrata
El golpe para los demócratas fue demoledor: perdieron 15 millones de votos en relación con 2020. Si bien Biden deja una economía en crecimiento, con baja del desempleo y de la inflación, el aumento en los precios de alimentos y de la vivienda terminaron de condenar al oficialismo electoralmente.
La fallida candidatura del presidente fue, se sabe ahora, el principio del fin. Kamala Harris ocupó ese lugar y construyó su campaña sobre ejes que hoy, con el resultado sobre la mesa, resultaron insuficientes. Y nunca pudo despegarse de la gestión de la que ella forma parte como vicepresidenta. Poner en la agenda de la campaña los derechos reproductivos de las mujeres, el núcleo duro de la coalición de Harris, no alcanzó para movilizarlas de manera masiva. A los demócratas no le será fácil reconstruirse luego de la paliza electoral que sufrieron.
La sociedad con Musk
La ayuda que Elon Musk le dio a Trump durante la campaña no fue solo económica (se estiman que aportó 130 millones de dólares). El empresario militó y participó en actos proselitistas, sobre todo en el disputado Estado de Pensilvania. Lo hizo con el estilo Trump, sin preocuparse demasiado por apegarse a la verdad. Musk será parte de la administración y se encargará de recortar el gasto del gobierno federal. Se cree capaz, cerrando oficinas y echando empleados, de dejar de gastar alrededor de dos billones de dólares. Pero no es solo eso: también se viene una purga ideológica para sacar del gobierno federal a los funcionares que no estén alineados con el trumpismo. Los quiere reemplazar por leales. Trump cree que allí se juega gran parte de su éxito. Fueron las instituciones estadounidenses las que le pusieron límites a los impulsos autoritarios en su primer mandato. Por eso las desprecia.
El nuevo mundo según Trump
El mundo también cambiará. Trump se «desenganchará» de los conflictos internacionales, y reforzará los vínculos con los líderes antiliberales de Europa quienes más cuestionan y horadan las democracias y el sistema europeo. También complicará la economía de los aliados de Estados Unidos si finalmente aumenta los aranceles a las importaciones.
El aislacionismo será la base de su política exterior, lo que significa mucho si se tiene en cuenta que Estados Unidos sigue siendo por lejos la principal potencia militar. Esto impactará en la OTAN y sobre todo en la guerra Rusia-Ucrania. Zelenski lo sabe y ya habló con el presidente electo para intentar amortiguar el impacto. El presidente ucraniano sabe muy bien que saldrá muy mal parado, en términos territoriales, si Trump le impone a él y a Putin el fin de la guerra.
En Medio Oriente también quiere terminar la guerra que se desencadenó el 7 de octubre con el ataque terrorista de Hamas sobre Israel. Posiblemente le dé tiempo a Bibi Netanyahu para que haga lo que tenga que hacer para terminar con las amenazas que rodean a Israel. La incógnita es si la opción de volver a golpear a Irán está en la agenda. Sin duda seguirá apoyando a Israel, pero, más temprano que tarde, le podría imponer condiciones, relacionadas con el futuro de los palestinos en Gaza, para despejar el camino que le permita reflotar los Acuerdos de Abraham buscando cerrar un pacto entre Israel y Arabia Saudita.
Mucho más que un triunfo sobre Harris
La magnitud de lo sucedido el martes demostró que Trump no solo le ganó a Kamala Harris y los demócratas. También a su propio partido, que antes de rendirse y volcarse mayoritariamente a él, intentó bloquearlo; a la condena social por sus varios juzgamientos en la justicia local; a los medios de comunicación masivos, que en su mayoría apoyaron a Harris en la campaña. Incluso a las celebrities de Hollywood y a decenas de referentes culturales, que explícitamente apoyaron a Harris. Trump se impuso a todos, lo cual le da mucho poder, pero también lo pone en un lugar de gran exigencia por las demandas de buena parte de la población que lo apoyó y espera respuestas rápidas.
Si quieres suscribirte para recibir el newsletter sin costo en tu e-mail, haz clic en el siguiente botón:
