Por Damián Szvalb / @DamianSz.
Hace tan solo cuatro años nadie podía imaginar que alguien como Donald Trump pudiera transformarse en presidente del país más importante del mundo. Pero no solo llegó a ese lugar sino que ayer lanzó su candidatura presidencial para ser reelegido en las elecciones que se realizarán en noviembre del año que viene.
Si bien puede pensarse que haber llegado a la máxima posición de poder mundial fue para Trump un logro definitivo, hay algunos elementos que indican que esta elección presidencial es vista por él como un desafío tan o más importante que aquel: cree que es su oportunidad para demostrar que está donde está por mérito propio.
Haber llegado a presidente a pesar de haber perdido por tres millones de votos contra Hillary Clinton (el sistema electoral de EEUU le permitió imponerse) y la sospecha perpetua de que la Rusia de Putin lo ayudó en la campaña electoral, deslegitimaron aquel triunfo. Tampoco él se olvida de todo lo que le hicieron sus compañeros del partido republicano, que primero lo ningunearon durante la interna y que ya como candidato a presidente le sacaron apoyo. Nadie quería ni creía que pudiera ganarle a Hillary.
Trump necesita mostrarle a su partido que mantiene el apoyo popular que lo llevó a ser presidente. Siente que no le debe nada a nadie, ni a los demócratas ni tampoco a los republicanos. Solo a su electorado. Por eso, a pesar de las encuestas que no lo favorecen, confía que más temprano que tarde conseguirá los apoyos populares que necesita para permanecer donde está.
Los demócratas vienen envalentonados. Tienen dos candidatos fuertes: el ex vicepresidente de Obama, Joe Biden, y el senador por Vermont, Bernie Sanders, que buscarán aprovechar los buenos resultados que obtuvo el partido en las elecciones de medio término del año pasado.
De aquellos resultados hay un dato a tener muy en cuenta. Los Demócratas lograron perforar el blindaje que Trump parecía haber impuesto en lo que fue el cinturón industrial, ahora oxidado, aquellos estados del Medio Oeste donde no llegó la revolución tecnológica: ganaron las gobernaciones de Michigan y Wisconsin, lugares históricamente demócratas pero que en 2016 permitieron el imposible triunfo de Trump.
Por eso es muy probable que Trump vuelva a centrar su campaña allí. Cree que las guerras comerciales que emprendió con casi todo el mundo han sido clave para que hoy la economía estadounidense esté robusta y con pleno empleo. También está convencido que por ponerse firme con países como China, el camino para “hacer de nuevo grande a América” que él prometió en su primera campaña electoral está en marcha.
Sin embargo también debe saber que su política proteccionista y la guerra comercial contra China empezó a repercutir negativamente: las represalias chinas golpean en la base misma de su electorado, en sectores claves de la economía. En este año y medio hasta las elecciones deberá tener mucho cuidado porque todo su plan puede naufragar.
Trump se muestra confiado: “nuestra economía causa envidia en todo el mundo porque es la mejor en la historia del país”, dijo ayer durante el acto de lanzamiento en la Florida, también un estado clave para sumar electores.
También cree que las condiciones de rechazo al “establishment” político y económico que él supo capitalizar muy bien en 2016 al venir de afuera del sistema, siguen vigentes. Y que por eso una gran parte del electorado preferiría apoyarlo antes de volver a darle el voto a alguien de la «vieja política». Lo dijo ayer: “prometimos terminar con la clase política que se enriqueció con sus impuestos (…) y transferimos el poder de vuelta a ustedes, el pueblo orgulloso de Estados Unidos”. “Nos enfrentamos al establishment político fallido y restauramos el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, agregó por si quedaban dudas.
En definitiva parece que Trump buscará volver a ganar la presidencia haciendo lo mismo que hizo en la campaña de 2016 y durante lo que va de su mandato: hacer lo que dice que va a hacer sin medir las consecuencias y aunque la mayoría de sus propuestas suenen disparatadas. Hasta ahora, a él, no le fue mal: llegó a presidente de Estados Unidos, revolucionó la forma de gobernar a la principal potencia mundial, y ya nadie cree imposible que logre su reelección.
