El ex primer ministro israelí volverá a dirigir el país gracias al apoyo del ultranacionalismo radical y ortodoxo. Tras un año y medio, la coalición gobernante que lo había desplazado terminó por desintegrarse. Ello condujo a la celebración de elecciones anticipadas, en las que el líder del partido Likud logró imponerse.
Aunque la mayoría absoluta en la Kneset -el Parlamento israelí- es de 61 escaños y Netanyahu ha obtenido 32, el conjunto de partidos que lo apoyan controla en total 65 bancas. En este armado político ha sido clave el sionismo religioso, cuya fuerza política creció de seis bancas en 2021 a 14 en las elecciones de esta semana. La derrota del bloque de centro-izquierda fue notoria e hizo evidente que su principal mensaje -el rechazo a Netanyahu- no logró calar lo suficiente en el electorado.
Otro factor que influyó en la victoria de la alianza de ultraderecha fue la fragmentación de los partidos y agrupaciones árabe-israelíes. Aunque llegaron a tener 15 escaños y participar en el Gobierno por primera vez en el Ejecutivo ahora disuelto, sus divergencias llevaron a que sólo consiguieran a cinco bancas en esta elección.
Los sectores más liberales de la ciudadanía israelí temen que el regreso de Netanyahu al poder en alianza con partidos anti-árabes, ultranacionalistas y ultraortodoxos pueda socavar la democracia y la gobernabilidad del país. En este sentido, el nuevo Gobierno ya dio señales preocupantes al anunciar que priorizará la aprobación de una nueva ley que permita a la Kneset anular decisiones y fallos del Poder Judicial, minando las garantías democráticas de la división de poderes.
