Por Damián Szvalb
El mundo ha sido testigo de varios intentos de golpes de estados, muchos exitosos y varios fracasados, pero seguramente nunca vio uno como el que sucedió este miércoles en Bolivia. Se trató de una mezcla de drama y grotesco. Las primeras imágenes que llegaban desde La Paz tenían todas las características de los golpes clásicos de otros tiempos: un grupo del ejército boliviano se apoderó con armas y tanquetas de la Plaza Murillo que rodea al Palacio del Quemado, la sede del gobierno boliviano (que comparte con la Casa Grande del Pueblo que está al lado). Luego los militares entraron a la casa de gobierno tirando una puerta con una de las tanquetas, mientras que varios ministros del gobierno de Luis Arce buscaban impedirlo. Ya estaban dados los elementos necesarios para tomar bien en serio la situación.
Sin embargo, muy rápido, todo empezó a cambiar. Ese despliegue militar, liderado por el comandante general del Ejército, Juan José Zuñiga, lejos de crecer, decayó, y pronto empezó a derretirse. Mientras la confusión dominaba la escena, se esperaba la palabra de Zuñiga para darle, si la tenía, alguna robustez discursiva a su embestida militar contra la democracia. ¿Qué objetivo tenían los militares? ¿Con qué apoyos contaban? Pero cuando abrió la boca la amenaza de golpe terminó de desarmarse.
Mientras Zuñiga decía que iba a liberar a todos los políticos presos, empezaban a llover condenas al golpe desde todas partes de Bolivia y del mundo. Por derecha, por el centro y por izquierda. Aparecieron la de la expresidenta de Bolivia Jeanine Áñez y la del exgobernador de Santa Cruz Fernando Camacho, los dos políticos presos más famosos de Bolivia. Su otro pretencioso argumento, el de refundar la democracia, tampoco encontró aliados, ni siquiera en los rivales políticos tradicionales del MAS, el partido de Evo y Arce: los expresidentes opositores Carlos Mesa y Jorge Quiroga condenaron la sublevación de Zuñiga.
Ya detenido, recurrió a un último recurso para aportar más confusión. Acusó al mismísimo presidente Arce de haber organizado el auto golpe con el fin de ganar popularidad en su feroz pulseada interna con Evo Morales. Empezaba a quedar claro que le golpe no iba a ser tal y se empezaban a abrir las especulaciones para explicar cómo Bolivia había llegado a esta grave y grotesca situación.
¿Respuesta a su destitución?
El martes Zúñiga había sido destituido por Arce luego de haber dicho que Evo Morales, ahora enemigo de Arce, estaba imposibilitado de volver a presentarse a elecciones presidenciales. No utilizó eufemismos: “El señor Morales ya ha sido presidente tres, cuatro gestiones, re, re, reelegido. Legalmente, está inhabilitado”. La Justicia avala lo que dijo Zúñiga, vale decir. El ahora ex líder del Ejército ha mantenido diversos enfrentamientos con Morales, que lo acusó de ser uno de los principales actores del llamado “Plan Negro”, una estrategia de persecución a líderes cocaleros y adversarios políticos. Es decir, el encono entre Zuñiga y Morales viene de larga data.
Las declaraciones del golpista se trataban claramente de una intromisión inaceptable del jefe del ejercito en los asuntos políticos e institucionales. Llegó a decir que el Ejército y las Fuerzas Armadas tenían la misión de hacer respetar y cumplir la Constitución Política del Estado.
Eso hizo que los seguidores de Morales se enfurecieran mientras esperaban una rápida condena y reacción de Arce, quien puso a Zuñiga en ese lugar en 2022. No llegó con la rapidez que pensaron y se largaron a acusar a Arce de querer armar un autogolpe para perpetuarse en el poder. No alcanzó tampoco la decisión del presidente de destituir a Zúñiga al día siguiente. El Comandante se sintió traicionado por Arce y cuando fue a notificarse de la decisión, lo hizo organizando el golpe y entrando sin tocar el timbre al Quemado. Llegó a estar cara a cara con Arce.
Haya sido un golpe genuino o un autogolpe, lo que queda claro es que Arce aprovechó las declaraciones de Zuñiga para cobrar protagonismo. En un solo movimiento, defendió la democracia, su gobierno, a su enemigo interno Evo Morales y llamó la atención de buena parte del mundo. El tiempo dirá si logra reposicionarse o no de cara a las elecciones de 2025. También quedó claro que el golpe no tenía mucho sustento interno, al menos el miércoles, ya que no hubo un acompañamiento de las bases de las fuerzas.
Desgaste de larga data
Lo que viene pasando en Bolivia es una crisis política y económica que se retroalimenta y se agrava. La interna feroz del Movimiento al Socialismo (MAS) no deja de profundizarse. El quiebre entre Evo y Arce, viejos aliados, es total. Los evistas, que acompañan al ex presidente y fundador del partido Evo Morales, nunca pararon de acosar a quien fue su ministro de economía y luego su sucesor cuando Evo tuvo que irse del país y quedar afuera de la política electoral luego del que fue, hasta ayer, el último intento de golpe de estado en 2019. Los arcistas, que acompañan al presidente Arce, resisten pero se debilitan día a día por una gestión que no puede ordenar la economía.
Las acusaciones cruzadas del día después entre evistas y arcistas explican el caos político en el que está sumergida Bolivia. Ambos bandos se acusan de haber instigado el accionar de Zuñiga para sacar ventajas políticas y posicionarse para 2025, donde Arce buscará la reelección y Evo volver al poder.
Arce lleva adelante una gestión económica desconcertante, en la que faltan dólares y combustible, que está poniendo en crisis al virtuoso proyecto iniciado por Evo y el MAS en 2006. Ambos fueron socios en la reconstrucción política y económica de Bolivia de los últimos 20 años y ambos son los responsables de una crisis que podría terminar muy mal para ellos y para Bolivia. Ya se sabe lo que viene cuando una sociedad se cansa de ser gobernada por una dirigencia política desprestigiada. Y cada vez en más lugares y más seguido lo nuevo que llega no necesita tanquetas ni a los militares para llegar al poder.
