Corea del Sur y Estados Unidos respondieron con el lanzamiento de cuatro misiles al disparo de un misil balístico por parte de Corea del Norte, que sobrevoló Japón. Ante la prueba norcoreana -la quinta en los últimos 10 días-, cientos de japoneses debieron refugiarse en edificios y sótanos. Pyongyang ha utilizado los lanzamientos como respuesta a la reciente gira de la vicepresidenta de Estados Unidos, Kamala Harris, por la región. Además, en las últimas semanas Seúl y Washington realizaron ejercicios militares conjuntos que pusieron en alerta al régimen de Kim Jong-Un.
El último cohete lanzado por Corea del Norte recorrió 4.500 kilómetros, siendo la máxima distancia alcanzada por un misil norcoreano. Asimismo, fue la primera vez en cinco años que un proyectil norcoreano sobrevolaba territorio nipón. En Japón y Corea del Sur temen que esta prueba constituya un paso previo a un nuevo ensayo atómico. Estas presunciones se derivan de la evidencia sobre actividad en la base nuclear Punggye-ri.
Joe Biden estuvo en contacto con el premier japonés, Fumio Kishida, luego del lanzamiento. En el intercambio, ambos mandatarios condenaron el disparo considerándolo una clara amenaza para el pueblo nipón y una violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La delegación norteamericana ante la ONU solicitó una reunión extraordinaria de este órgano para abordar la situación. Ambos países también realizaron actividades militares conjuntas en el espacio aéreo japonés a modo de advertencia.
Un eventual ensayo nuclear supondría una escalada de la tensión que podría poner en jaque la estabilidad de la región y la seguridad de los países aliados de Estados Unidos. En un contexto de por sí frágil a nivel internacional, China y Rusia han respaldado a Pyongyang en el Consejo de Seguridad y cabe preguntarse cómo podrían responder ante un endurecimiento de las represalias estadounidenses, surcoreanas y japonesas.
