Tras las elecciones de 2019, que desataron la crisis en el país por el fraude llevado a cabo por el Gobierno de Evo Morales, Bolivia retorna a las urnas para elegir un nuevo presidente. Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana) y Luis Arce (MAS) compiten por reemplazar al Gobierno interino de Jeanine Áñez.
Por un lado, Arce busca devolver al partido de Evo Morales al Palacio Quemado -sede del Gobierno-. Por otro lado, el expresidente Carlos Mesa intentará impedir la vuelta del socialismo “por el bien y el futuro de Bolivia”, según plantea su campaña. También competirá el nacionalista Fernando Camacho, cuya campaña ha abrazado la idea de salvar a Bolivia de la izquierda, pero cuya candidatura podría resultar funcional al MAS, por dividir el voto opositor a Evo Morales.
El resultado sin dudas tendrá implicancias en el resto de la región, donde las tensiones ideológicas entre distintos gobiernos se han visto exacerbadas en los últimos meses. A su vez, la elección será una prueba de fuego para la democracia latinoamericana tanto por el historial reciente como porque ambos candidatos acusan a su rival de una intención de fraude.
Militantes del MAS han dejado entrever su intención de tomar las calles si Arce no logra una victoria en primera vuelta. Grupos paramilitares de derecha podrían tomar una actitud similar. Así, la posibilidad de que se repita lo ocurrido en 2019 no está completamente fuera de la mesa.
El domingo próximo, los candidatos deben lograr una mayoría de votos de al menos el 40% y obtener una diferencia de 10 puntos respecto del segundo más votado para poder asegurarse la victoria. De no alcanzar el 40% o la diferencia de 10% de los votos, el primero y el segundo deberán enfrentarse en una segunda vuelta el mes próximo. Dado que se espera que los resultados sean ajustados, el voto de los emigrados podría definir el resultado.
