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    Estados Unidos en el pantano de Medio Oriente

    13 septiembre, 2026
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    Por Damián Szvalb

    Esta semana, Donald Trump y el precio del petróleo nos volvieron a recordar que, 25 años después, Estados Unidos sigue atrapado en Medio Oriente. Trump lo hizo en su discurso durante uno de los actos por el nuevo aniversario de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, donde defendió la guerra contra Irán —a quien calificó como «el principal patrocinador del terrorismo»— y aseguró que ese país «jamás tendrá un arma nuclear». El petróleo, que esta semana se sostuvo por encima de los 100 dólares, es otra muestra de lo lejos que está Washington de controlar la situación en la región.

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    La guerra contra el terrorismo

    La guerra contra el terrorismo que inició George W. Bush luego de que cuatro aviones comerciales llenos de pasajeros se estrellaran contra las Torres Gemelas, el Pentágono y un campo en Pensilvania asesinando a 2977 personas tuvo como principal objetivo evitar un nuevo atentado en suelo norteamericano. Para eso, Bush construyó una política exterior basada en el unilateralismo, el golpe preventivo y la búsqueda de hegemonía, con un escenario central: Medio Oriente.

    Esto explica la guerra en Afganistán, lanzada menos de un mes después de los atentados para capturar a Bin Laden y sacar a los talibanes del poder, y la invasión a Irak, disparada por una amenaza que en realidad no existía: un arsenal de armas químicas. Ambas guerras, sumadas a la intervención en Siria que ordenó Obama en medio de la sangrienta guerra civil y mientras que el ISIS expandía su poder, terminaron en fracaso. Repasemos: Afganistán está hoy gobernada otra vez por los talibanes, luego de la patética estrategia de salida que ordenó Biden en 2021. En Irak el contraste fue evidente: Saddam Hussein fue derrocado, pero Estados Unidos se empantanó en el territorio y pagó costos altísimos —miles de iraquíes muertos por las luchas intestinas generadas por la anarquía post Saddam y más de 4.000 soldados propios— además de un desprestigio en la opinión pública por las consecuencias catastróficas de su intento de imponer la democracia, algo que todavía paga.

    En los primeros años posteriores al 11S, Estados Unidos se concentró en derrotar a Al Qaeda y eliminar a Osama Bin Laden. Ese grupo terrorista fue perdiendo poder pero siguió generando muerte alrededor del mundo y el golpe final que marcó su repliegue fue la eliminación de Bin Laden en Pakistán en 2011. Pero el terrorismo islamista mutó: el Estado Islámico, aprovechando el caos y el vacío de poder que dejaron la Primavera Árabe y la revolución de internet, ocupó territorio físico y virtual. Desde su califato en Irak y Siria, y en las redes sociales —sobre todo YouTube— golpeó brutalmente en Occidente y en los países árabes a los que consideraba parias, y montó una campaña de reclutamiento de lobos solitarios y activación de células durmientes para instalar el terror, sobre todo en Europa.

    Las tropas internacionales occidentales lo combatieron en Medio Oriente y, cuando su poder se diluyó, abandonaron la región. Se suponía que, gracias a la autosuficiencia petrolera lograda por el boom del shale estadounidense, ya no hacía falta poner soldados en el terreno, y que el terrorismo remanente —el de Hezbolá y Hamas— quedaría limitado al conflicto de Medio Oriente. El terrorismo islamista continuador, con matices de Al Qaeda y el Estado Islámico, empezó a hacerse fuerte en África, en el Sahel, donde otra vez Occidente —sobre todo Francia— dejó un marcado vacío.

    Estados Unidos insiste con una estrategia fallida

    Pero 25 años después, Donald Trump, desoyendo los consejos de buena parte del sistema de inteligencia y seguridad de Estados Unidos, decidió volver a meterse en Medio Oriente. Primero lo hizo de forma limitada y quirúrgica, en junio de 2025, cuando ordenó el bombardeo de la infraestructura nuclear iraní —la Operación Martillo de Medianoche— para respaldar la ofensiva israelí contra Teherán. Pero ocho meses después, con la Operación Furia Épica de fines de febrero de 2026, Trump volvió a meter a Estados Unidos de lleno en la guerra. Y, como les pasó a Bush, a Obama y a Biden, no encuentra la salida de un Medio Oriente donde Irán sumó nuevas herramientas de extorsión a las que ya tenía: al estrecho de Ormuz se le agregó el de Bab el-Mandeb, de la mano de sus socios hutíes, que en las últimas semanas avanzaron hacia el control de ese paso clave del Mar Rojo. Esto llevó al petróleo a tocar picos de más de 110 dólares y complicó aún más las elecciones de medio término, al punto de que Trump tuvo que salir a prometerles a los estadounidenses adultos un «dividendo Trump» de 5.000 dólares si los republicanos retienen el Congreso, además de asegurar que el precio de la nafta —hoy por encima de los 4,50 dólares el galón— bajaría con fuerza apenas pasadas las elecciones.

    Nada de eso va a pasar. Irán, el principal patrocinador de terrorismo que le queda en pie a Medio Oriente, parece hoy más fuerte que el día anterior al inicio de la guerra. Su programa nuclear, según reportes de inteligencia y el traslado de centrifugadoras hacia instalaciones subterráneas como la de Pickaxe Mountain, parece seguir en pie pese a los bombardeos israelíes y estadounidenses. También se supo que Teherán ya está rehabilitando —con apoyo de China— su capacidad de producción de misiles de largo alcance. En definitiva, lo que pasa en Medio Oriente sigue impactando de lleno en Estados Unidos, al punto de que Irán metió en un pantano a un Trump que puede terminar transformando sus dos últimos años de presidencia en una pesadilla.

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