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    Alemania otra vez lucha contra la extrema derecha

    31 agosto, 2024
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    Por Damián Szvalb

    La fórmula de manual de la derecha extremista de vincular crimen con inmigración volvió a ser usada, esta vez en Alemania, para sacar réditos políticos y electorales. La puso en práctica el neonazi partido Alternativa por Alemania (AfD), favorito para ganar las elecciones de mañana en los estados federados de Turingia y Sajonia, luego del atentado terrorista de la semana pasada en Solingen en el que fueron asesinadas tres personas. Se supo que el principal sospechoso de haberlo cometido debió haber sido deportado hace tiempo. El tema domina el debate público en toda Alemania.

    Atentado en Solingen

    Ese atentado, el más grave ataque islamista desde 2016, fue hace una semana durante un acto organizado para celebrar el 650 aniversario de la ciudad de Solingen. Un solicitante de asilo sirio de 26 años, además de matar a cuchillazos a 3 personas, hirió gravemente a 5. El autodenominado Estado Islámico se atribuyó la autoría. El atacante ahora está detenido.

    La inmigración ilegal es desde hace rato un tema de agenda en Alemania, pero la brutalidad del ataque en Solingen y la presunta autoría de un inmigrante sirio que debió ser deportado, expuso como nunca al ya débil gobierno de Olaf Scholz. El canciller busca ahora desesperadamente amortiguar la presión política tomando medidas concretas y rápidas con el foco puesto en las leyes de asilo y deportación.

    Cuando visitó el lugar del atentado en Solingen, Scholz prometió más deportaciones. Y cumplió. Ayer mismo ordenó expulsar a 28 afganos. Se trata de delincuentes convictos sin derecho a permanecer en Alemania, y que tenían órdenes de deportación que nadie ejecutaba. Para la Justicia son personas capaces de cometer los delitos más graves por motivos políticos, incluidos atentados.

    La extrema derecha avanza

    Björn Höcke es hoy el representante más extremo del AfD y busca transformarse en el próximo ministro-presidente de Turingia. Él y su partido representan la principal amenaza al consenso democrático alemán: esa agrupación, tanto en Turingia como en Sajonia, ambas regiones de la antigua República Democrática alemana, está clasificada oficialmente por el servicio de inteligencia interno alemán como “extremista de derecha”.

    Su discurso tiene los elementos clásicos de la extrema derecha global. Ataca a los partidos del establishment, al que responsabiliza de todos los males de Alemania, y promete deportar a todos los inmigrantes ilegales. También pide abiertamente que la igualdad y la diversidad sexual dejen de enseñarse en las escuelas.

    Höcke llegó a lo más alto de su partido y está cerca de gobernar una región mostrando su cara más extrema y xenófoba. En algún momento consideró el monumento que rinde homenaje a las víctimas del Holocausto del centro de Berlín como “memorial de la vergüenza”. También fue denunciado por utilizar frases nazis en sus discursos públicos. Fue condenado dos veces por usar la expresión “todo por Alemania”, un conocido lema de las SA, la formación paramilitar del régimen nazi. Por todo esto, hasta genera rechazo en sus socios europeos que no quieren salir en la foto con él ni quedar pegados a su partido.

    Y en los últimos días Höcke usó el atentado yihadista de Solingen para ganar más votos: aun antes de que se supiera quién había cometido el crimen, dijo que había que terminar “con la aberración del multiculturalismo forzado” y encontró rápido un nuevo lema electoral: “Höcke o Solingen”. Como siempre, a todo o nada.

    El cordón sanitario, a prueba

    Ya antes del ataque, en ambas regiones, AfD lideraba las encuestas con alrededor del 30 por ciento de intención de voto. En caso de salir primero y tener que negociar con otros partidos para formar gobierno, algo habitual en Alemania, pondría a prueba, como nunca desde la unificación alemana, la fortaleza del cordón sanitario, esos acuerdos explícitos entre las fuerzas políticas para aislar e impedir que partidos con ideologías incompatibles con los valores democráticos accedan al poder. En el caso alemán se trata de cerrarle la puerta a este partido neonazi para que llegue a gobernar alguna de las 16 regiones.

    Hoy parece difícil que logre armar una coalición de gobierno porque necesitaría un socio, y no hay nadie dispuesto a pactar con AfD. No lo hará ni el partido conservador de centroderecha (CDU), que en las encuestas aparece solo un poco debajo de AfD tanto en Turingia como en Sajonia, ni tampoco Alianza Sahra Wagenknecht (BSW), una formación de izquierda que aparece tercera en los sondeos. Su líder avisó que, si bien coincide en los mensajes antiinmigración, no los apoyaría para formar gobierno. El partido de Scholz está lejísimos: solo tiene alrededor del 6% de la intención de voto.

    Aun sin lograr formar gobierno, obtener el primer lugar en una o en las dos regiones le daría a AfD una fortaleza política importante en esos territorios que impactaría en Berlin y que podría debilitar aún más a la coalición gobernante conducida por Olaf Scholz. De hecho, sería una nueva derrota para el oficialismo (después de sus pésimos resultados en las elecciones europeas) que le complicarían la gestión a un año de las elecciones para elegir un nuevo Gobierno federal.

    Occidente y la cuestión de la inmigración

    La antiinmigración es lo que une a todos los partidos de la derecha extrema europea. También se transformó en uno de los temas centrales de la campaña electoral en Estados Unidos. Lo usan porque les da resultados en un clima de época ideal, que ellos mismos ayudaron a crear, para que los discursos nativistas y xenófobos se expandan.

    Hace rato los partidos políticos tradicionales están paralizados frente al avance de líderes y movimientos extremos que se llevan puesta la agenda liberal de las democracias occidentales. Sobre todo, la idea de sociedades multiculturales o multiétnicas, que fueron impulsadas por las elites que hoy están en retirada. Con una ayuda inestimable de las redes sociales, este discurso busca exacerbar conflictos y radicalizar los discursos hasta transformarlos en violencia. Y usan, con impunidad, cualquier hecho, real o inventando, que ayude a reafirmar esa idea para, entre otras cosas, juntar votos.

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