Por Damián Szvalb
Desde el mismismo momento en el que Joe Biden le abrió públicamente la puerta para que tome la candidatura que él estaba dejando luego de su fallida performance en el debate con Donald Trump, Kamala Harris viene haciendo todo bien.
Primero demostró tanta convicción para quedarse con la candidatura demócrata que todos sus posibles competidores internos se corrieron sin atreverse siquiera a desafiarla verbalmente. Harris no dudó ni un segundo y empezó a buscar apoyos políticos y económicos que llegaron rapidísimo. Su candidatura además acomodó a un partido que parecía a punto de implosionar por las feroces internas que se daban ante la evidente debilidad física y política de su candidato Biden.
Luego, Harris encontró un discurso acordé con el momento. Dosificó sus ataques a Donald Trump y le empezó a pegar donde más le duele, para reafirmar las diferencias. Instaló en la primera parte de la campaña la dicotomía “fiscal vs criminal” que, además de ser fácil de entender, se sostiene en la realidad porque Trump efectivamente fue declarado culpable de 34 cargos criminales por un jurado popular por falsificar registros comerciales en 2016, durante su primera campaña presidencial.
También lo empezó a presentar como un peligro para la democracia. También algo fácil de creer. Una de sus causas judiciales es por su rol en el ataque de una turba al Capitolio para no aceptar los resultados de las elecciones y por intentar modificar, mediante presiones, los resultados de las elecciones en el estado de Georgia.
Pero no se confió solo en que su aparición en el escenario electoral generaría impacto. Sabía que necesitaba un plus para movilizar a la base demócrata a la que le costaba salir del shock que le había generado el abandono de Biden. Por eso a su mensaje le agregó una mirada hacia el futuro con alusiones al inicio de una nueva etapa que dejaría atrás las anteriores: hablaba principalmente de Trump pero también un poco de Biden, de quien necesita despegarse lo suficiente para no solo evitar quedar pegada a los deficitis de su gestión, sobre todo en el tema económico, sino para aparecer como lo nuevo a pesar de que hace cuatro años que es vicepresidenta.
Los demócratas después transformaron su Convención en una fiesta. Los Clinton, los Obama y el propio Biden despidiéndose de 50 años de político le agregaron épica a un evento que necesitaba ser para los demócratas un verdadero relanzamiento de una campaña que hasta allí venia mal. Lo lograron: las bases demócratas volvieron a convencerse de que si se movilizan pueden frenar a Trump, como hace 4 años.
Pero nada de todo esto hubiera servido si Harris no hacia lo suyo en el debate. Todos los ojos estaban puestos en ella, los propios y los extraños. Era su primer mano a mano presidencial y enfrente tenía a un experto, a alguien que ya demostró que puede decir lo que sea delante de una cámara y que siempre sale bien parado.
Harris tomó la iniciativa y empezó a ganar de entrada. Fue cuando cruzó el escenario para acercarse al atril de Trump y tenderle la mano para estrechársela. Lo descolocó al expresidente, bien acostumbrado a ver a sus rivales políticos como enemigos a los que hay que tratar sin piedad. Además, con esa iniciativa, Harris mandó un mensaje contra el polarizante clima de época: hace años dos candidatos no se daban la mano en un debate.
Después de eso lo acorraló y logró confundirlo, con palabras y con gestos, como nadie lo había hecho en un debate. Con palabras, cuando le dijo que varios líderes mundiales le habían dicho que no respetaban a Trump. Para defenderse, el expresidente solo se le ocurrió elogiar a Viktor Orban, quizás el más oscuro líder europeo.
Harris dejó expuestas las mentiras de Trump que tuvieron algunos momentos muy llamativos. Por ejemplo, cuando dijo, hablando sobre el aborto, que en estados demócratas se mataban bebes luego de nacer o cuando dio por válida una noticia que contaba que en Springfield, Ohio, los inmigrantes se comían las mascotas. Mientras Trump decía esto, Harris se reía como no pudiendo creer lo que escuchaba.
La de Harris fue una estrategia que salió a la perfección y durante el debate sufrió muy poco, incluso en temas que se esperaba que Trump usara para exponerla. El expresidente vinculó a Harris con la gestión de Biden, sobre todo en las políticas más impopulares del actual presidente, como el rumbo de la economía y la inmigración.
Seguramente Trump no perdió un voto de los que ya tenía. Su apoyo, entre los suyos, que son muchísimos, sigue intacto y tiene las mismas chances de ganar que tenía antes del debate. Además. todavía tiene tiempo de encontrar un mensaje de campaña que realmente lastime electoralmente a Harris. Le está costando por el perfil de la demócrata. Es difícil atacar a una mujer, negra, hija de inmigrantes de origen indio y jamaiquino, sin despertar el rechazo de potenciales votantes demócratas que, sensibles ante agresiones misóginas y discriminatorias y que hasta ahora miraban la campaña de lejos, pueden tomar la decisión de ir a votar. Por Harris, claro.
Sus teorías conspirativas y sus fake news se naturalizan de inmediato y se instalan con naturalidad. Nadie dejará de votarlo por eso. Pero Harris logró algo importante: mantuvo el entusiasmo de un base demócrata que será clave a la hora de juntar votos. Lo fue en 2020 para sacar a Trump de la Casa Blanca y puede serlo ahora.
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