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    Obama, el fracaso de los éxitos

    16 enero, 2017
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    Por Martín De Nicola.

    El primer presidente negro de la historia de Estados Unidos, o el presidente que se involucró como nunca otro antes en una elección y perdió. El presidente que implementó un sistema de salud universal que alcanzó a 20 millones de personas, o el presidente que malgastó los impuestos de las clases más acomodadas para brindar salud a 20 millones de estadounidenses postergados. El presidente Nobel de la Paz, o el presidente que protagonizó la mayor escalada de tensión entre Estados Unidos y Rusia desde el final de la Guerra Fría. De los ocho años de Obama como inquilino de la casa Blanca pueden decirse muchas cosas, todas ciertas, positivas o negativas dependiendo de quién las diga. A continuación, un repaso sobre los principales hitos de su gestión a nivel doméstico, en política internacional y en su relación con Argentina.

    Fronteras adentro, Obama siempre tuvo claro que debía recuperar a Estados Unidos de la crisis financiera de 2008 a través de políticas que buscaran limar diferencias en una sociedad con problemas serios de desigualdad y racismo. En este marco, el Obamacare fue su gran bandera. El objetivo de brindar un servicio de salud a 20 millones de estadounidenses postergados parecía tan noble como utópico. Finalmente fue llevado a la práctica, pero la discusión sobre su financiamiento superó a los modestos resultados que obtuvo. Las clases más acomodadas nunca pudieron digerir la utilización de sus impuestos para generar beneficios sobre terceros. Por otra parte, la creación de 12 millones de puestos de trabajo tampoco pareció suficiente. La precariedad de muchos de esos puestos hizo que la medida perdiera efecto con el correr del tiempo y el descontento de la población en materia de empleo se hizo notar en la elección. Además, la falta de apuesta por el desarrollo industrial interno que había caracterizado a Estados Unidos décadas atrás le pasó factura. La brecha social, lejos de disminuir, aumentó, y Donald Trump encontró en la disconformidad generada por estas cuestiones el leitmotiv de su campaña. A fuerza de promesas destinadas a la clase media, con promesas de abolición del Obamacare y del regreso a políticas de desarrollo y empleo de la época dorada de Estados Unidos, se hizo con la presidencia y con el cheque en blanco para dar un giro de 180 grados a las políticas de salud y empleo de Obama.

    En materia de política internacional, Obama quiso ser el presidente de un Estados Unidos que no se involucrara en conflictos bélicos que no afectaran directamente sus intereses. Partidario de un mundo en paz, con un Estados Unidos vigilante y negociador (incluso con regímenes conflictivos) pero no protagonista activo de los conflictos mundiales, puso en práctica una política que a la larga no dio resultados. Obama deja la casa Blanca en el momento de mayor tensión con Rusia, luego de los ciberataques y con el desembarco de tropas estadounidenses en la frontera este de Polonia, lo que pone en alerta al mundo como nunca antes desde la Guerra Fría. Medio Oriente fue un dolor de cabeza constante. El deseo de salirse de Irak y Afganistán no encontró su correlato en la realidad, y para colmo de males apareció el conflicto en Siria, en el que Obama decidió dejar a Estados Unidos en un rol más de espectador que de protagonista. La captura y muerte de Osama Bin Laden no fue suficiente y Al Qaeda dio lugar a una vertiente aún más violenta del fundamentalismo islámico, Estado Islámico. Su tensa relación con el líder de Israel, Benjamin Netanyahu, explotó sobre el final de su mandato, cuando se vio obligado a abstenerse de vetar una resolución de la ONU que condenó la instalación de colonias judías en territorios en conflicto. Logró avanzar en un acuerdo con Irán, para controlar sus desarrollos nucleares, pero más tarde la potencia islámica encontró en Putin un aliado más beneficioso que Obama. Por último, uno de los mayores logros de su gestión, también está en la cuerda floja a partir del triunfo de Trump. La política de descongelamiento de las relaciones con Cuba, sin dudas un hito de la administración Obama, parece que encontrará en Trump un nuevo escollo.

    En su relación con Argentina, durante casi todo su mandato predominaron la frialdad y la mutua desconfianza con Cristina Fernández de Kirchner. La falta de respaldo de Estados Unidos ante el reclamo por Malvinas (algo no exclusivo de la administración Obama, claro está), la extrema afinidad del gobierno kirchnerista con Venezuela, la pasividad de la gestión Obama ante la pelea argentina en Nueva York contra los fondos buitre y el acuerdo de entendimiento con Irán fomentado por Argentina para cerrar el capítulo de los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA en los noventa, fueron cuestiones que a la larga tensaron la relación y llevaron a ambas partes a emitir críticas solapadas sobre la otra. Sin embargo, con la llegada de Mauricio Macri Obama vio a un potencial socio de un Estados Unidos demócrata, que a pesar de su salida, podía contar con un amigo en la otra punta del continente. Pero un presidente saliente solo podía brindar un apoyo más simbólico que efectivo. Para peor, la aparición de Macri en el listado de los jefes de estado involucrados en los Panama Papers también enfriaron esa incipiente admiración que Macri había despertado en Obama. Meses más tarde ganó Trump y todos los planes de trabajo bilateral conjunto, como la eximición de visa para visitantes argentinos, quedaron en el tintero.

    Parece paradójico, pero uno de los líderes mundiales con mayor aceptación del planeta, que se retira con una amplia imagen positiva y que logró darle a su país la impronta que deseaba, no logró que su candidata ganara la presidencia para continuar con su trabajo. En materia doméstica, la búsqueda de una sociedad más equitativa, con el Obamacare y la creación de 12 millones de empleos como estandartes, evidentemente no fue suficiente para convencer a los ciudadanos de continuar con el modelo Obama al menos cuatro años más. Por el contrario, estas medidas lograron despertar la ira de buena parte de la clase media, que Trump supo explotar con creces para alzarse con la presidencia del país. A nivel internacional, su política de conciliación incluso con regímenes conflictivos le valió a Obama el Nobel de la Paz, al tiempo que corrió a Estados Unidos del tablero internacional en beneficio de una Rusia que se muestra cada vez más protagonista y amenazante.

    Obama hubiese necesitado de un tercer mandato (el primero de Hillary) para consolidar sus éxitos. La difícil tarea de sacar a Estados Unidos de la crisis de 2008 hizo que sus mayores logros no pudieran tener un desarrollo prolongado, lo que hace que hoy sean un blanco fácil de un nuevo presidente con ideas completamente opuestas.

    ¿Fue Obama demasiado ambicioso y le faltó más pragmatismo? Pocos dudarán del éxito de Obama en la implementación del Estados Unidos que él quería fronteras adentro y afuera. Pero al ver que ante su salida todos esos éxitos empiezan a desvanecerse, es inevitable pensar que no habían sido tales. El solo hecho de haber jugado fuertemente por el triunfo de su candidata y que ésta haya perdido la elección habla de que Obama no logró convencer a su población de que su modelo es lo mejor para Estados Unidos. El fracaso de los éxitos de Obama deja un sinsabor para quienes vieron en él a una figura de relevancia mundial que luchó por la igualdad a nivel interno y por la paz en el frente externo. Barack Obama será recordado como el presidente de Estados Unidos que buscó cambiar a su país y al mundo, y no lo logró.

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