Por Damián Szvalb
Todo lo que dijo e hizo Donald Trump esta semana parece responder a un único objetivo: evitar, o al menos amortiguar, la cada vez más probable derrota en las elecciones de medio término del 3 de noviembre. Según las encuestas, se quedaría sin controlar ninguna de las dos cámaras, lo que lo debilitaría políticamente durante el resto de su mandato. Además, también quedaría expuesto a investigaciones sobre su gestión y, si efectivamente pierde el Senado, a tiro del juicio político.
Medidas en casa
En el plano doméstico fue explícito para intentar torcer ese pronóstico. Volvió a insistir con su promesa de un «dividendo» de US$5.000 por cada adulto estadounidense si los republicanos retienen el control del Congreso —una propuesta sin financiamiento claro y de dudosa viabilidad constitucional, ya que el gasto público requiere aprobación legislativa—. Pero más grave que esa promesa fue su reacción ante el fallo de la Corte Suprema que frenó su plan para restringir el voto por correo.
El fallo lo enfureció. Arremetió contra el tribunal, incluidos los tres jueces, de los nueve, que él mismo nominó. Recordemos que en marzo había firmado una orden ejecutiva para restringir el voto por correo antes de las legislativas de noviembre, alegando sin evidencias que esa modalidad es vulnerable al fraude, lo que generó impugnaciones legales inmediatas. Estados liderados por demócratas demandaron la orden argumentando que, bajo la Constitución, son los estados —y no el gobierno federal— quienes controlan la administración de las elecciones.
La pesadilla de Medio Oriente
Pero donde más activo se lo vio fue en el plano internacional, intentando —ya no resolver, pero sí acomodar hasta después de noviembre— los principales conflictos, la mayoría de los cuales él mismo generó. Busca calmar a los mercados y demostrar que los tiene bajo control. Es difícil que lo logre.
El precio del petróleo, que se mantuvo toda la semana por encima de los US$100, parece que es hasta ahora lo mejor a lo que puede aspirar Trump mientras no defina cómo piensa terminar el conflicto con Irán: una operación a gran escala para doblegar al régimen, o seguir con la asfixia económica. Para la primera opción deberá esperar a que pasen las elecciones. Eso quedó claro esta semana, cuando Estados Unidos volvió a sentarse con los hutíes para pedirles algo que hasta hace poco no hacía falta: que el estrecho de Bab al-Mandeb siga abierto. Diplomáticos estadounidenses se reunieron con representantes hutíes en la embajada de EE.UU. en Mascate, Omán, para sostener el alto el fuego vigente desde mayo de 2025 y garantizar la libre navegación por el estrecho.
Los hutíes pusieron condiciones: dejaron en claro que sus ataques seguirán apuntando a barcos sauditas, mientras mantendrán el paso libre para el resto. La escena expone el altísimo costo político que paga Washington por no involucrarse en la guerra de Yemen: Arabia Saudita —uno de sus socios centrales— pidió apoyo militar y no lo consiguió, y ahora es Estados Unidos el que negocia de igual a igual con un actor que, antes de la guerra con Irán, no representaba una amenaza para ese tránsito.
Trump no quiere agravar lo que ya está mal: un mercado petrolero que golpea directo a la economía y a su campaña de medio término. La pregunta que queda flotando es hasta cuándo Estados Unidos tolerará que Ormuz y Bab al-Mandeb funcionen como palancas de extorsión. Todo indica que la respuesta, por ahora, es «hasta noviembre».
Un pequeño éxito en Groenlandia
Trump también volvió esta semana sobre Groenlandia, tema que ya el año pasado había generado una crisis severa con Europa —incluida la intención de comprar la isla más grande del mundo, amenazas dirigidas a la oficina de la primera ministra danesa y hasta insinuaciones de acción militar sobre ese territorio de Dinamarca—. El viernes anunció un acuerdo con Groenlandia y Dinamarca para asumir el «control permanente de la seguridad» de la isla, que incluiría el veto a la presencia de países considerados adversarios: es decir, China y Rusia. Así lo planteó, al menos, la versión del presidente estadounidense.
Trump lo anunció en tono triunfal, buscando mostrar que logró lo que quería: que Estados Unidos controle el Ártico y el Atlántico Norte para alejar amenazas de seguridad. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, publicó en X un comunicado —firmado también por Groenlandia— dando por bueno el acuerdo. Según ese texto, las tres partes lo firmarán durante la Asamblea General de la ONU, esta semana próxima en Nueva York, aunque todavía debe pasar por los trámites parlamentarios necesarios para entrar en vigor.
Delcy Rodríguez pisará Estados Unidos
Y en Nueva York, Trump protagonizará otro hecho impensado apenas ocho meses atrás: se reunirá con la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, para sellar ante los ojos del mundo el acercamiento entre su administración y el chavismo. La operación del 3 de enero para capturar a Nicolás Maduro y avanzar sobre el control del petróleo venezolano es, quizás, el único éxito de política internacional que Trump puede exhibir, más allá de los cuestionamientos sobre su legalidad. Se trata, además, de un golpe formidable para la oposición democrática liderada por María Corina Machado, que a esta altura ya no debería tener dudas sobre qué fue lo que realmente llevó a Trump a intervenir en Venezuela.
Para Trump, la reunión tiene también una lógica electoral y geopolítica: con las elecciones de medio término acercándose y el conflicto con Irán consumiendo recursos y atención, avanzar en el capítulo venezolano —que incluye petróleo, sanciones, migración y la presencia de actores como China y Rusia en la región— funcionaría como una señal de gestión exitosa en América Latina.
El desafío de dos viejos amigos
El resto del mundo también huele este momento de debilidad, y quizás sus dos enemigos más inesperados —construidos por él mismo desde que volvió a la Casa Blanca en enero de 2025— lo hicieron enojar especialmente esta semana: Canadá y la Unión Europea. ¿Canadá, miembro asociado de la UE? Ursula von der Leyen abrió esa puerta ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo, con Mark Carney como invitado especial. La propuesta —todavía sin definición legal clara, porque esa figura ni siquiera existe en los tratados— ya generó ruido en Washington. Trump no tardó en responder con su fórmula de siempre: amenazó con «aranceles elevados» y hasta con «cortar el comercio» con la UE si interpreta el gesto como un «acto hostil». Carney, que ganó las elecciones plantándose frente a las presiones de Trump, prefiere hablar de una «alianza para el futuro» antes que de membresía formal, pero el mensaje de fondo es el mismo: Canadá y Europa se acercan cada vez más rápido, empujados por un aliado común que, en lugar de sumar, empuja a sus socios a buscar refugio en otro lado.
El futuro de Trump, en juego
Así está el mundo, casi dos años después de Trump. Sus decisiones siguen provocando reacciones y cambios que impactan de manera directa en su propio destino electoral. La fallida guerra en Irán es el mejor ejemplo: el impacto negativo en la opinión pública que muestran todas las encuestas y sobre todo en la economía es evidente. Trump, más allá de lo que diga en público y mostrarse optimista, sabe que los republicanos, y sobre todo él, la pueden pasar mal el 3 de noviembre. Por eso ya está activando una campaña electoral en la que pondrá el cuerpo personalmente yendo a apoyar a sus candidatos en los estados clave, aquellos que van a decidir su futuro político.
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