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    Trump y Xi: la cumbre de los grandes gestos vacíos

    17 mayo, 2026
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    Por Damián Szvalb

    Si Donald Trump y Xi Jinping traducen en hechos concretos el resultado simbólico, gestual y verbal de los encuentros que compartieron en Beijing durante dos días, el mundo podría respirar un poco más tranquilo. Sin embargo, eso no va a pasar: la envergadura de los conflictos no da lugar para el optimismo. La guerra comercial, Irán y la obsesión china por Taiwán amenazan con profundizar el caos global por una razón estructural: la lucha por el predominio mundial entre Estados Unidos y China es imparable.

    Por eso la puesta en escena preparada por Xi para recibir a Trump, y la sintonía que mostraron, son coyunturales y sirven para distender su relación por un tiempo. ¿Cuánto? Imposible saberlo. En la última cumbre entre ambos, también en Beijing en 2017, el clima fue parecido, pero inmediatamente las relaciones se volvieron más hostiles.

    En estos dos días ambos líderes mostraron coincidencias, pero solo se llevaron difusos compromisos de la otra parte. Cada uno dijo —o calló— lo que el otro quería oír, o prefería no escuchar. Xi coincidió con Trump en que es indispensable liberar el estrecho de Ormuz y que Irán no tenga armas nucleares. Trump, en cambio, no dijo una palabra cuando Xi le planteó el apoyo a Taiwán como una línea roja en la relación con Estados Unidos. Nadie quiso arruinar el clima de la visita. La debilidad de los acuerdos se revela en que nadie pudo plasmar algo en un papel, y mucho menos firmar. Quizás porque ambos saben que todo seguirá igual, o muy parecido.

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    El pantano iraní

    Ya de regreso a Washington, Trump deberá decidir qué va a hacer con Irán. Las opciones son las mismas que tenía antes de viajar a Beijing, porque China, más allá de las palabras, no hará más de lo que ya hace a través de Pakistán: buscar un acuerdo a través de la negociación. Por eso en estas horas Trump evalúa si, frente al estancamiento del diálogo, ordena nuevas operaciones militares que podrían incluir incursiones terrestres para extraer por la fuerza los kilos de uranio enriquecido que Irán tiene escondidos y que podría utilizar para fabricar armamento nuclear.

    El problema para Trump es que ni eso, ni reanudar la Operación Libertad —el plan para intentar desbloquear el estrecho escoltando buques petroleros— le garantiza el triunfo. Cada vez queda más claro que Trump empezó esta guerra sin tener bien en claro cómo terminarla. Está pagando costos económicos enormes —el precio del barril de petróleo supera los 100 dólares y la inflación proyectada en Estados Unidos supera el 3,5% para este año— y costos políticos que podrían condicionar seriamente la segunda parte de su mandato.

    Salvo que los iraníes acepten suspender su programa nuclear para siempre (o al menos durante 20 años) y devolver el uranio enriquecido, no hay otro escenario en el que Trump pueda salir de esta guerra bien parado. Los iraníes juegan con esa situación y no hay indicios de que estén dispuestos a ceder hasta donde Trump exige.

    Taiwán, la línea roja que Trump prefirió no cruzar

    Sobre Taiwán, lo que no dijo en China Trump lo sugirió ya arriba del avión que lo llevaba de vuelta a Washington: que Estados Unidos podría interrumpir la venta de un paquete histórico de armamento a Taipéi, que se sumaría al que su administración aprobó en diciembre. Fiel a su estilo, el dirigente republicano afirmó que todavía no ha tomado una decisión final, pero que lo hará pronto. Se trataría de un gesto enorme hacia Xi, pero también de una muestra de debilidad extrema de Estados Unidos. Taiwán es una democracia de 23 millones de personas que viene siendo acosada por una potencia con régimen autoritario, y que se transformó en un centro tecnológico neurálgico para la economía global. Abandonarla dejaría gravemente heridos los intereses estratégicos de Washington en el Indo-Pacífico.

    Trump, además, no mostró mucho interés en meterse en ese laberinto —quizás por el desgaste que le genera el frente iraní— y sobre todo porque pocas horas antes había escuchado la advertencia directa de Xi: «No busco que alguien declare la independencia y tengamos que viajar 15.000 kilómetros para librar una guerra. No quiero que alguien diga ‘vamos a ser independientes porque Estados Unidos nos apoya’. Quiero que Taiwán se relaje y que China se relaje.»

    Cuba, la sorpresa en la agenda

    Y entre China, Irán y Taiwán, Cuba volvió a instalarse como tema central en la agenda internacional. La reunión que mantuvo en La Habana el director de la CIA, John Ratcliffe, con el nieto de Raúl Castro y el jefe de inteligencia de la isla marca un hito histórico y revela que la situación en Cuba es insostenible. La crisis económica y energética ha llegado a un extremo tal que el régimen ha pedido apoyo económico a Estados Unidos. Esto abre la puerta a un proceso de negociación en el que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, deberá ceder y habilitar cambios históricos en un régimen que, por ahora, lo único que no perdió es su capacidad para reprimir y controlar a su propia población.

    Empezar a desactivar ese sistema de control sería, quizás, la principal exigencia de un Donald Trump que cree más que nunca que tiene a solo 100 kilómetros su posible mayor éxito en política internacional: uno que no logrará en Irán y mucho menos con China.

    Agendas cruzadas

    Los intereses cruzados de China y Estados Unidos en los conflictos que mencionamos son notables. China necesita que Estados Unidos termine (de la manera que sea) el conflicto en Irán. Solo así podrá recuperar el suministro normal de petróleo que hace funcionar la mayor maquinaria de producción de bienes del mundo. Asimismo, Estados Unidos necesita que China “suelte la mano” del régimen cubano, para de una vez por todas poner fin a un gobierno que, más allá del sufrimiento que genera a su propia población, es afín a adversarios políticos. Y, juntos, necesitan que la tensión en Taiwán no escale, lo que implicaría que el gobierno taiwanés deje de buscar la independencia, y la autocracia china deje de amenazar con invadir. En otras palabras, en lo inmediato ambos necesitan “patear ese problema para adelante”.  

    La visita de Trump a Xi Jinping pone de manifiesto dos cosas. En primer lugar, que la agenda internacional se define entre Estados Unidos y China. No es una novedad, pero lo sucedido esta semana lo expone de una manera brutal. Y por el otro, que ningún conflicto es aislado, que todos son parte de un mismo tablero, y que en todos los que vive hoy el mundo de fondo está la pelea mayor: la de Estados Unidos y China por la supremacía mundial. 

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